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Una perspectiva sobre México
Comentarios para la conferencia
Jose Cuervo Tequila
Instituto de las Americas
La Jolla, California
5 abril 2006
Estimados amigos, gracias por
la oportunidad de hablarles sobre la economía
del país donde pasé mi juventud—un
país que ocupa un lugar especial en mi corazón.
Cuando mis padres llegaron de Sudáfrica en 1939,
las autoridades de los Estados Unidos no los dejaron
entrar. Entonces, ellos se fueron a México. Vivieron
ocho años en Tijuana, cruzando la frontera varias
veces a pie, hasta que se hicieron ciudadanos de los
Estados Unidos en 1947. Es por eso que con mucho orgullo
nos hacemos llamar “gringos mojados.”
Yo nací en Los Angeles
en 1949. Después de mi nacimiento, fuimos a vivir
a la ciudad de México. Tuve el privilegio de
cursar la escuela primaria en el Distrito Federal. Fueron
años preciosos e inolvidables.
Porfirio Díaz mencionó
alguna vez: “Pobre México: Tan lejos de
Dios y tan cerca de los Estados Unidos.”
No creo que esta afirmación
sea cierta. Desde luego, México comparte la franja
fronteriza con los Estados Unidos (por la misma razón,
también Texas y California) y esto constituye
algo positivo para todos nosotros. Aunque en lo que
respecta a estar lejos de Dios, tengo mis dudas. Permítanme
compartirles una anécdota que me contó
mi padre cuando regresamos a los Estados Unidos. Me
habían retrasado un año en la escuela,
debido a que mi inglés no estaba al nivel adecuado.
La anécdota de mi padre
imaginaba una reunión de grandes líderes
de diversas denominaciones religiosas. Entre éstos
se incluía a predicadores evangélicos,
arzobispos de la Iglesia Católica, los rabinos
más respetables y los pocos imames que se podían
encontrar en aquellos tiempos. Nunca antes había
habido una asamblea de líderes espirituales de
esa magnitud.
En medio de donde se encontraban
congregados, deambulaba una pequeña niña
que inocentemente les hizo una pregunta de gran significado
teológico a los religiosos: “A los ojos
del Señor, ¿quién es especial?
¿Lo serán los niños? ¿Lo
serán los israelitas? ¿El pueblo que deambula
por los grandes desiertos? ¿Los pobres y los
oprimidos? ¿Quién verdaderamente lo es?”
“Bien, pequeña,”
respondieron los clérigos, “tú sabes
que el Señor no tiene favoritos. Él los
ama a todos. Pero no des por hecho lo que te decimos.
Le preguntaremos a Él. Ven; oremos y pidámosle
al Señor que nos envíe una señal
sobre a quién ve con agrado”.
Se arrodillaron. Inclinaron sus
cabezas. Y los grandes hombres le pidieron con reverencia
al Señor que enviara una señal a la niña:
“Sólo una señal, amado Señor;
una simple expresión que nos indique a cuál
de entre los pueblos del mundo ves tú con especial
consideración”.
De primer momento, no hubo respuesta.
Y luego, un estruendo iluminó
el cielo. El sol brilló radiante. Y retumbó
una voz que provenía de las alturas y dijo en
español: “Bu-e-nos días….”
Esta noche, voy a compartir con
ustedes una apreciación breve y directa sobre
el desarrollo y los retos económicos de México,
desde mi punto de vista. Mi perspectiva está
formada en parte por los cuatro años que pasé
negociando con México la liberalización
del comercio y los mercados. Los puntos de vista que
voy a expresar son justamente eso: mi expresión
personal, respaldada por la investigación de
nuestros competentes economistas del undécimo
Distrito de la Reserva Federal. Estos puntos de vista
no representan los de cualquier otro miembro del Comité
Federal del Mercado Abierto ni del Sistema de la Reserva
Federal.
Deseo abarcar la política
monetaria: no hay por qué sorprenderse. Posteriormente,
me centraré en la situación financiera
de México a medida que nos aproximamos al final
del actual sexenio y a las elecciones que se realizarán
este verano. Luego me trasladaré un tanto atrás
en el tiempo para abordar una perspectiva de más
largo plazo y discutiré algunos de los retos
que enfrenta la prosperidad económica de México.
Si toco algún tema demasiado rápido o
dejo algún punto sin cubrir, los podríamos
retomar en el período de preguntas y respuestas.
Comienzo con la política
monetaria, porque creo firmemente que la economía
no puede alcanzar un crecimiento sostenible sin una
disciplina monetaria. Además, considero que la
disciplina monetaria no se puede sostener sin un banco
central independiente. Vivimos en un mundo globalizado.
Tanto el capital, como la mano de obra y las ideas tienen
más libertad que nunca para emigrar a lugares
donde son mejor remunerados. Un país que sistemáticamente
erosiona la remuneración a esos factores no puede
esperar retenerlos y explotarlos para ponerlos a trabajar
en nombre de su gente.
El presidente Zedillo y sus sucesores
en la administración Fox comprendieron muy bien
la necesidad de fortalecer la competitividad de México.
El resguardo de la solidez económica de México
también se puso de manifiesto en el extraordinario
liderazgo mostrado por Guillermo Ortíz del Banco
de México y Francisco Gil Díaz de la Secretaría
de Hacienda. Juntos han sido el Batman y el Robin de
México: una de las mejores combinaciones de gobernador
del banco central y ministro de finanzas que se ha visto
en el continente americano desde la actuación
coordinada entre Alan Greenspan y Bob Rubin.
Un ingrediente fundamental en
el éxito de la política monetaria de México
lo ha constituido el establecimiento de un Banco central
totalmente independiente que ha hecho el control de
la inflación su objetivo principal. La independencia
del banco central está protegida por el Artículo
28 de la constitución que, luego de habérsele
practicado una enmienda en 1994, se lee así:
El Estado tendrá un banco
central que será autónomo en el ejercicio
de sus funciones y en su administración. Su
objetivo prioritario será procurar la estabilidad
del poder adquisitivo de la moneda nacional, fortaleciendo
con ello la rectoría del desarrollo nacional
que corresponde al Estado. Ninguna autoridad podrá
ordenar al banco a conceder financiamiento.
Estas palabras son mágicas.
Con un objetivo claramente estipulado y al contar con
protección constitucional, el Banco de México,
bajo la dirección del Gobernador Ortíz,
se ha convertido en un sabio y sensato practicante de
políticas de inflación-objetivo. Como
resultado de ello, México hace alarde actualmente
de tener su nivel de inflación más bajo
en 30 años, con precios al consumidor que aumentan
aproximadamente 3 por ciento por año.
Éste es un logro considerable.
La inflación es un impuesto oneroso y constituye
un desincentivo para el trabajo, el ahorro y la inversión.
En una economía agobiada por precios que suben,
un dólar trabajado acaba siendo 25 centavos ganados,
un hecho que no cambia si lo trasladamos a pesos. Algunos
pesimistas se preocupan por la posibilidad de que la
nueva administración mexicana decida interferir
con la independencia del banco central. Resultaría
muy difícil hacerlo. La modificación del
Artículo 28 para eliminar la independencia del
Banco de México obligaría a pasar por
el proceso de enmienda definido en el Artículo
135. Esto demandaría (1) el acuerdo de dos tercios
del congreso y (2) la aprobación de la mayoría
de los legisladores estatales. Al considerar la actual
pluralidad de la clase política de México,
lo anterior tiene poca probabilidad de concretarse.
Con una sólida administración
que fortalece la garantía constitucional de la
independencia del banco central, los mercados han mostrado
una confianza sin precedente en México. En este
punto es donde Hacienda sale a relucir. La Secretaría
de Hacienda y Crédito Público ha acumulado
suficientes reservas internacionales para cubrir todas
sus obligaciones en el exterior en los próximos
dos años, lo que ofrece un sólido seguro
contra la salida desenfrenada de capital como la que
experimentó México hace más de
una década durante la Crisis del Tequila.
Esta estrategia de blindaje constituye
sólo una pequeña parte de los valiosos
esfuerzos que por diez años realizó el
gobierno federal de México, bajo dos administraciones,
con el objetivo de reducir su vulnerabilidad financiera.
La situación problemática que enfrentó
México en 1995 se debió a que su endeudamiento
(a) era considerablemente grande, (b) se encontraba,
mayormente, en manos extranjeras, (c) era, en su mayoría,
de corto plazo y (d) era, mayormente, en dólares.
México ha podido hacer frente a las cuatro fuentes
de vulnerabilidad en gran parte como consecuencia del
ordenamiento realizado en sus cuentas fiscales y monetarias.
En la actualidad, el gobierno
mexicano puede recurrir al mercado interno para financiar
sus gastos. Tres quintas partes de la deuda neta del
sector público está en manos de entidades
mexicanas, cuando sólo un tercio de la deuda
pública se encontraba en manos de entidades nacionales
en 1995. México también está en
la posición de emitir bonos con vencimiento a
largo plazo. El país comenzó a emitir
bonos a un plazo de veinte años en 2003. En 1995,
el plazo más largo de los bonos emitidos por
México era de un año. No me sorprendería
en lo absoluto si México siguiera el ejemplo
establecido por Rusia en febrero y emitiera en un futuro
cercano un bono a treinta años en pesos.
La confianza en los mercados financieros
de México se ha visto apuntalada por la estabilidad
y la fortaleza del peso. La Crisis del Tequila entre
1994 y 1995 comenzó con una drástica devaluación
de la moneda. México simplemente no pudo seguir
defendiendo un valor fijo del peso.
Eso es historia hoy en día.
El peso ha flotado por más de una década:
otro factor que disminuye los temores de los mercados
en relación con la posibilidad de una crisis
financiera este año.
¿Qué indican los
mercados en la actualidad? Los inversionistas extranjeros
no parecen preocupados de que la próxima elección
presidencial se convierta en un terreno de cultivo para
una crisis de fin de sexenio. La prima de riesgo-país
correspondiente a México (el interés adicional
que debe pagar sobre su deuda en relación con
instrumentos comparables de los Estados Unidos) está
cerca de los niveles mas bajos de su historia.
Desde luego, los mercados pueden
ser racionales, pero en ciertos momentos pueden parecer
caprichosos. Cuando las tasas de interés son
bajas, muchos inversionistas pueden buscar aumentar
la tasa de retorno a sus inversiones trepando por la
curva de rendimiento. Pero cuando esa curva es horizontal,
es decir, cuando la recompensa por invertir a plazos
más largos es escasa, la alternativa podría
ser tomar posiciones más riesgosas u otorgar
préstamos a clientes con una menor calificación
crediticia. Si los inversionistas subvaloran la cantidad
de riesgo que están asumiendo, la decepción
posterior puede resultar perjudicial ya que cambios
súbitos en los precios de activos pueden generar
pérdidas que fuerzan a los inversionistas a liquidar
sus posiciones.
Últimamente, hemos visto
una predecible reacción de los mercados a las
políticas monetarias más estrictas adoptadas
por la Reserva Federal y el Banco Central Europeo. El
Banco de Japón también ha dado un paso
significativo en esa dirección al anunciar el
fin de la política monetaria relajada que siguió
hasta hace poco. Como resultado, los inversores no tienen
que trepar tanto la curva de rendimiento en busca de
una mayor tasa de retorno. El arbitraje financiero resultante
ha hecho subir levemente la prima de riesgo de los bonos
de los mercados emergentes, si bien es cierto que desde
niveles inusualmente bajos. También se han depreciado
notablemente en el último mes las monedas de
países que ofrecían instrumentos de altos
rendimientos, tales como la corona islandesa, el zloty
polaco, el florín húngaro, la lira turca
y los dólares australianos y neozelandeses.
Mi experiencia personal como administrador
de fondos me dejó al menos dos enseñanzas:
la primera, respetar los mercados de bonos. Posiblemente
recuerden lo que dice James Carville acerca de que antes
de que fuera a Washington con el presidente Clinton,
él pensaba que la fuerza más poderosa
del mundo era la presidencia o quizá el papado,
pero rápidamente se dio cuenta de que en realidad
era el mercado de bonos.
Andrew Mellon probablemente haya
estado en lo correcto cuando dijo: “Gentlemen
prefer bonds”. Pero un caballero desilusionado
puede no perdonar fácilmente al causante de su
desilusión.
La segunda lección que
aprendí como administrador de fondos es que todos
los mercados financieros, inclusive los dirigidos a
ingresos fijos y moneda extranjera, pueden ser maníaco-depresivos
en alguna medida. Los mercados pueden volverse volátiles
y son capaces de exceder ambos extremos: el alto y el
bajo. Ésta constituye una razón por la
cual respaldo la tendencia reciente hacia una mayor
transparencia en el banco central, lo que reduce los
elementos de sorpresa que pueden desestabilizar los
mercados. Si continúa la tendencia actual a la
suba de los rendimientos de activos financieros relativamente
libres de riesgo, existe la posibilidad de que los mercados
de deuda de países emergentes se vuelvan volátiles.
Si así fuera, la más mínima perturbación
podría inducir una volatilidad pronunciada en
el corto plazo. Los gobiernos de esos países
deben extremar precauciones en esas circunstancias y
evitar políticas que puedan exacerbar la volatilidad.
En contraste, podríamos
ahora analizar la elección presidencial a celebrarse
en julio. La pirámide presidencial famosamente
descrita por Octavio Paz se ha invertido. Bajo el antiguo
sistema del dominio del PRI, el presidente poseía
poderes casi dictatoriales e incuestionables. Ahora
ya no es así y desde el punto de vista de los
mercados financieros, yo concluiría que éstas
son buenas noticias. La independencia del banco central,
una mayor libertad de la prensa, una Corte Suprema cada
vez más establecida y un congreso pluralista
significan que cualquiera que asuma el cargo después
de las elecciones tendrá un poder limitado para
imponer cambios unilaterales.
La perspectiva consensuada en
los mercados financieros es que aparte de la retórica,
ninguno de los tres candidatos presidenciales tiene
probabilidad de cuestionar el compromiso de México
hacia la disciplina macroeconómica, una vez asumido
el cargo. Tanto el PRI como el PRD se han quejado de
que la política monetaria es “demasiado
estricta”, pero ambas partes parecen comprender
la importancia de la disciplina monetaria en mantener
la inflación bajo control. Cualquiera de los
tres candidatos, una vez en el puesto, debe valorar
la estabilidad financiera que la administración
anterior logró en base a arduos esfuerzos y procurar
seguir construyendo sobre ella. Esto es reconfortante.
La estabilidad es fundamental
para la continua reforma estructural en México.
Un análisis de la capacidad del país de
competir en la economía mundial es suficiente
para comprender el trabajo que queda por hacer en materia
de competitividad. En sus clasificaciones más
recientes de competitividad, el Instituto Internacional
para el Desarrollo Administrativo (International Institute
for Management Development) con sede en Génova
colocó a México cerca del último
puesto: el 56 de 60 en la lista, al haber superado únicamente
a Venezuela, Indonesia, Argentina y Polonia. El bajo
crecimiento que experimentó México en
la productividad de la mano de obra únicamente
alrededor del 1.2 por ciento al año en la década
pasada refleja los síntomas del problema.
En un mundo cada vez más
globalizado, la competitividad se vuelve más
importante. También se está volviendo
más compleja. Atrás quedaron los días
en que una simple ventaja, digamos en costos de mano
de obra o situación geográfica, era suficiente
para atraer capital extranjero. Los inversionistas de
un mundo interconectado buscan países que ofrezcan
ventajas en costos, pero también buscan altos
niveles de educación y capital humano, instituciones
sólidas y confiables, así como otros requisitos
para un crecimiento sostenido a largo plazo.
Del lado humano de la ecuación,
México ha logrado un gran avance en las últimas
décadas al incrementar la cantidad de alumnos
inscriptos en la escuela, así como al mejorar
las instalaciones. No obstante, prevalecen muchos problemas
en relación tanto con la disponibilidad como
con la calidad de la educación pública.
Más de la mitad de las mexicanas adultas no poseen
educación secundaria en lo absoluto y únicamente
el 11.3 por ciento cuentan con alguna instrucción
técnica o universitaria. Los adultos mexicanos
en promedio han asistido a la escuela sólo 6.7
años, casi la mitad del nivel en los Estados
Unidos
Al reconocer esta realidad, el
gobierno mexicano ha incrementado el gasto en educación
en los años recientes, con el objetivo de mejorar
las escuelas del país. El gasto por estudiante
de escuela primaria y de escuela secundaria aumentó
21 por ciento en términos reales entre 1995 y
2002. Aún así, permanece por abajo de
acuerdo a los patrones internacionales. Al medirse en
dólares ajustados por paridad en poder adquisitivo,
México gastó $1,467 por estudiante de
escuela primaria en el 2002, comparado con el promedio
de $5,313 de la Organización para la Cooperación
Económica y el Desarrollo (Organization for Economic
Cooperation and Development, OECD) y con el promedio
de $8,049 en los Estados Unidos Además, las calificaciones
de los estudiantes mexicanos en matemáticas y
lectura se ubicaron en los últimos puestos entre
los países de la OECD y rezagados aún
cuando se les comparó con naciones con gastos
similares en educación, tal como la República
Eslovaca.
Desde luego, existen límites
presupuestarios a lo que el gobierno de México
(o cualquier otro gobierno) pueden destinar al gasto
en educación. Con respecto a nuestros propios
problemas con la educación en los Estados Unidos,
sabemos que más dólares o pesos destinados
al gasto en el sistema educativo posiblemente no produzcan
resultados, a menos que vayan acompañados de
reformas innovadoras. En el caso de México, los
expertos creen que tales reformas deberían incluir
una efectiva administración escolar, una mejor
supervisión y mejores incentivos, así
como la modernización de los planes de estudio
y las técnicas de enseñanza.
Las administraciones de Zedillo
y Fox reconocieron que una mejor educación es
vital para las mejoras de capital humano necesarias
para aumentar la productividad y competitividad de la
mano de obra. Pero México apenas acaba de comenzar
con la tarea. Yo esperaría que el próximo
gobierno continúe los esfuerzos para mejorar
el sistema educativo.
Desde el punto de vista de la
competitividad, por supuesto, el gasto en educación
sólo genera resultados si la economía
hace uso eficiente de trabajadores instruídos.
Una gran parte de la ineficiencia se puede encontrar
en el sector informal en expansión, que emplea
aproximadamente a la mitad de los 44 millones de trabajadores
de México. Un mercado laboral dual tiene sus
ventajas. El sector informal crea puestos para trabajadores
poco especializados, muchos de los cuales son rechazados
en el mercado formal. También ofrece buenas oportunidades
a la mayoría de empresarios de México:
personas independientes y a menudo muy productivas que
optan por no navegar en el laberinto de impuestos y
reglamentos que regulan el mercado formal.
No obstante, la informalidad también
tiene implicaciones negativas. La pequeña base
fiscal aumenta las tasas de impuesto a empresas respetuosas
de la ley y esto resulta tanto distorsionante como injusto.
Asimismo, la informalidad limita el tamaño de
las empresas y deteriora las economías de escala.
Para las compañías es difícil crecer,
no sólo porque tienen poco acceso a los mercados
financieros, sino también porque los inspectores
fiscales eventualmente se ponen al día con las
empresas más grandes. Al final, lo pequeño
es seguro, pero ineficiente.
Las empresas del sector formal
compiten con otras barreras. La ley y las regulaciones
en México restringen con frecuencia la forma
en que los empresarios pueden organizar la producción.
Por ejemplo, los reglamentos laborales estipulan que
generalmente a los trabajadores se les debe pagar por
día o semana; no por hora. Después de
tres meses de haber sido contratado, un trabajador típicamente
es considerado “permanente”. Despedir a
los empleados es muy oneroso; de acuerdo con el Banco
Mundial, los costos de despido en México equivalen
a aproximadamente 75 semanas de sueldo. Cuando se trata
de realizar comparaciones internacionales de rigidez
del mercado laboral, la única región del
mundo que tiene una calificación peor que la
de México es la región africana de la
zona baja del Sahara. Mientras que el empleo en el sector
formal está rigurosamente controlado, los trabajadores
del sector informal no cuentan con ninguna clase de
protección. En consecuencia, la reforma del mercado
laboral debería constituir una alta prioridad
para la próxima administración. Cualesquiera
que sean los cambios que se adopten eventualmente, el
objetivo final debería ser emparejar el terreno
de juego al hacer más accesible y menos oneroso
al sector formal.
Desde luego, ningún tipo
de reforma del mercado laboral va a impedir que los
mexicanos busquen una mejor vida de este lado de la
frontera. Demógrafos en los Estados Unidos calculan
que 400,000 mexicanos emigran a este país cada
año, legalmente y de otras formas. La mayoría
de ellos buscan trabajo. Los 9 millones de trabajadores
mexicanos en los Estados Unidos equivalen al 15 por
ciento de la fuerza laboral de México.
En las dos décadas anteriores,
la economía de los Estados Unidos ha venido dependiendo
cada vez más de los inmigrantes de México
y de otras partes del mundo para el crecimiento de su
fuerza laboral. En la década de los sesenta,
las generaciones nacidas en las dos décadas posteriores
a la Segunda Guerra Mundial (conocidas como “baby
boomers”) contribuyeron enormemente a expandir
la oferta de mano de obra. En los setenta y a principios
de los ochenta, el factor que más contribuyó
fue el rápido ingreso de las mujeres en la fuerza
laboral. Desde mediados de la década de los ochenta,
el factor decisivo lo vienen constituyendo los inmigrantes.
En los años recientes, los trabajadores nacidos
en el extranjero han sido los responsables de más
de la mitad del crecimiento de la fuerza laboral de
los Estados Unidos, y han representado un propulsor
importante para nuestro crecimiento económico.
El tema de la inmigración enciende pasiones en
ambos lados de la frontera. Por nuestra parte, debemos
ser cuidadosos de que la consideración legítima
por la seguridad nacional no interfiera con los beneficios
económicos de la inmigración.
Desde luego, por la frontera cruzan
bienes y servicios, como también personas. Ustedes
conocen las cifras. Desde que entró en vigencia
el TLCAN, el comercio de los Estados Unidos con México
aumentó un 250 por ciento. Aún así,
ni México ni Estados Unidos han hecho lo suficiente
para manejar el creciente tráfico. El comercio
terrestre todavía es mucho más ineficiente
y costoso con México que con Canadá. La
situación se ha vuelto cada vez más compleja
a raíz de la tragedia del 11 de septiembre ya
que incrementó las medidas de seguridad nacional
puestas en marcha en nuestras fronteras.
Para México y los estados
de los Estados Unidos ubicados en la frontera, los intereses
en juegos son importantes. La proximidad geográfica
con los Estados Unidos y la facilidad de transporte
constituyen aspectos clave de la ventaja comparativa
de México en relación con las naciones
de Asia y Europa oriental. Una pérdida de competitividad
de México es una pérdida para toda la
economía fronteriza, cuyo crecimiento está
ligado a la expansión en el lado mexicano que
tiene más población. Debemos prestarle
mayor atención a los cambios en infraestructura,
reglamentación y otras áreas que son necesarios
para maximizar el beneficio económico mutuo derivado
del comercio.
A pesar de los logros impresionantes en el comercio
entre los Estados Unidos y México, aún
persisten antiguas barreras y han surgido nuevos obstáculos.
Los transportistas y los visitantes pagan un gran costo
en tiempo y dinero por los embotellamientos que se producen
en la frontera. Entre los ejemplos se incluye el restringido
desplazamiento de vehículos comerciales, las
prácticas de los intermediarios aduaneros mexicanos,
una dotación inadecuada de personal en las dependencias
e instalaciones de inspección, así como
tediosos trámites e inspecciones en las aduanas
de los Estados Unidos. Los costos de estas transacciones
reducen el volumen del comercio y del tráfico,
así como incrementan los precios para los bienes
que se comercializan. Por ejemplo, cerca del 47 por
ciento de camiones cruzan vacíos la frontera,
y aún así tienen que pasar la inspección,
haciendo más costoso el trámite de cruzar
la frontera. El Departamento de Transporte de los Estados
Unidos calcula que la carga dirigida al interior de
la República Mexicana pasa de tres a cinco días
en una bodega fronteriza, antes de que se libere para
continuar su viaje hacia el sur. Tanto los productores
como los consumidores son afectados por los altos costos
de transacción y la relación comercial
entre los Estados Unidos y México se ve perjudicada.
Las soluciones para los embotellamientos en el transporte
que cruza la frontera requieren de cambios en las prácticas
gubernamentales y comerciales de ambos lados.
Antes de terminar, quisiera tocar
el tema de la necesidad de reforma en otras dos áreas:
el sector judicial y el sector energético. No
siempre funciona el sistema de tribunales mexicano y
en consecuencia no genera un clima favorable para los
préstamos y la inversión. Lo más
crítico que pone en riesgo el crecimiento económico
es que los derechos de propiedad frecuentemente no se
hacen cumplir de manera efectiva en México. De
acuerdo con el Banco Mundial, el tiempo promedio para
la resolución de disputas comerciales, el período
que transcurre desde la presentación de una demanda
hasta el pago, es de 421 días en México,
en comparación con 226 días en los otros
países de la OECD.
Esta situación trae una
serie de consecuencias. En primer lugar y como punto
más importante, los bancos y otras instituciones
financieras son renuentes a otorgar préstamos
en un ambiente de negocios donde es difícil hacer
cumplir los contratos. A pesar de que el crédito
se ha expandido más rápido en los dos
últimos años, particularmente en el segmento
de consumidores y el residencial, México continúa
teniendo uno de los sectores financieros más
pequeños del mundo. La relación de préstamos
privados con el PIB es 10 veces menor en México
que en los Estados Unidos. Además, si se toman
en cuenta los mercados financieros, la intermediación
financiera en los Estados Unidos es 15 veces mayor que
en México.
Los obstáculos al acceso
al capital limitan la capacidad que tiene México
de crecer. La falta de ejecución de la ley también
induce a que los recursos se trasladen hacia el sector
informal, que es el responsable de aproximadamente una
tercera parte de la producción de la economía
en general. Los costos de poner a funcionar un negocio
en el sector formal, así como de acatar las leyes
laborales y el reglamento tributario, son altos. En
la mayoría de países, una empresa recibe
una “recompensa” implícita parcial
por asumir estas cargas, en la forma de acceso a fuentes
formales de financiamiento, tales como préstamos
bancarios y créditos para exportaciones. No obstante,
el acceso al financiamiento externo en México
es difícil para la mayoría de empresas,
aún si optan por operar en el sector formal,
lo que además disminuye los incentivos a seguir
las reglas.
El gobierno mexicano es consciente
de este problema y está mejorando la situación.
Las reformas referentes a la ley de quiebras y al otorgamiento
de préstamos en el 2000 y en el 2003 les facilitaron
a los acreedores el cobro de deudas en casos de insolvencia,
al crear el primer marco legal efectivo de México
para el otorgamiento de garantías. Aún
cuando éstas y otras reformas recientes son bienvenidas,
sólo abordan parte del problema. El problema
principal de México es que las leyes con frecuencia
no se cumplen o ejecutan. Un sistema judicial confiable
y transparente capaz de hacer cumplir efectivamente
la ley tanto mercantil como penal constituye un requisito
para el crecimiento sostenido de cualquier país.
Otro elemento clave para el éxito
económico es la infraestructura, un área
en la que México necesita de mejoras adicionales.
Las inversiones necesarias se ven obstaculizadas por
la falta de fondos y de proveedores alternativos. En
los sectores de energía y electricidad, el sector
público controla en gran parte la producción
y la distribución. Lógicamente, dados
los límites de México para elevar la presión
tributaria, la expansión de la capacidad no se
ha mantenido al mismo ritmo que la demanda, y los productores
y los consumidores deben lidiar con interrupciones frecuentes
del servicio eléctrico. Una reforma significativa
en el tema energético tendrá que involucrar
a Pemex, una institución del sector público
que ha sido considerada por largo tiempo no sólo
como la gallina de los huevos de oro, sino también
políticamente como una vaca sagrada. La competencia
también permanece limitada en otras industrias
clave. En el sector de telecomunicaciones, Telmex continúa
controlando cerca del 95 por ciento de todas las líneas
telefónicas de México. En consecuencia,
no debería ser una sorpresa que los cargos por
servicio telefónico de México estén
entre los más altos del mundo.
Amigos míos: el tiempo es corto. Creo que he
puesto al descubierto suficientes retos para mantener
muy ocupado a México por al menos otro sexenio.
Antes de terminar, permítanme recordarles lo
lejos que ha llegado el país. Sólo el
hecho de que ahora lo comparamos con otros países
desarrollados, que ahora nos referimos a México
como una de las economías más prometedoras
del mundo, constituye un tremendo cambio y refleja un
logro increíble. México enfrentará
estos retos. La estabilidad macroeconómica, que
estuvo fuera del alcance por tanto tiempo, le está
permitiendo a México llevar a cabo las reformas
necesarias. Las instituciones se encuentran ahora preparadas
para la transformación, a fin de sostener y mejorar
las condiciones de todos los mexicanos, ¡más
cerca de Dios y más cerca de los Estados Unidos!
Muchas gracias.
| Sobre
el autor
Richard W. Fisher
es el presidente y CEO del Banco de la reserva
federal de Dallas. |
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