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Speeches by Richard W. Fisher

Los Estados Unidos deberían pedirle prestado a México su manual de disciplina fiscal: Con referencia a Cantinflas, una ocurrencia de Guillermo Ortiz, objetivos de inflación, y muchas medidas comparativas

Discurso en la Bolsa Mexicana de Valores
Ciudad de México · 29 de febrero de 2012 · Discurso en inglès

Gracias, Luis [Téllez], por tu amable presentación. Luis y yo hemos sido buenos amigos por muchos años. Es una amistad que valoro profundamente.

Estoy en México fomentando la estrecha relación y la tradición de consulta e intercambio que el Banco de la Reserva Federal de Dallas ha mantenido y disfrutado durante muchos años con el Banco de México. En este sentido, estoy muy agradecido con el Gobernador Agustín Carstens por la hospitalidad que me ha brindado esta semana. Durante los años de su juventud, Agustín pasó algún tiempo en el Banco de la Reserva Federal de Dallas, y nosotros sentimos cierto orgullo en haber contribuído en una pequeña parte a su magnífica carrera. Por muchos años, nuestra sucursal de El Paso ha llevado a cabo reuniones binacionales de Juntas de Consejo e intercambios informativos con las oficinas regionales del Banco de México. Nuestros economistas han colaborado con sus contrapartes del Banco y han compartido su conocimiento y experiencia sobre indicadores económicos regionales, como la construcción de índices coincidentes estatales. Además, Guillermo Ortíz, predecesor del Gobernador Carstens, es miembro del Consejo de Asesores de nuestro Instituto de Globalización y Política Monetaria. Podemos por lo tanto decir que el Banco de la Reserva Federal de Dallas y el Banco de México disfrutan de una relación única y mutuamente beneficiosa. Esa relación se ha enriquecido en los últimos días con el intercambio realizado entre el personal de mi equipo y el equipo de Agustín.

Como Luis y Agustín saben muy bien, existe una dimensión personal en la relación que la Reserva Federal de Dallas mantiene con el Banco de México. En la década de los años 50 yo me crié aquí en la Ciudad de México y asistí a la escuela primaria en un lugar no muy lejos de aquí. El español fue mi primer idioma en la escuela. Todavía tengo muchos amigos en El Norte quienes dicen que hablo el español mejor que el inglés. Pero yo siempre los corrijo diciéndoles, “No, no hablo español; ¡hablo puro mexicano!” Así que esta mañana, haré todo lo posible para hablarles en “español mexicano” y no en “inglés tejano.”

Algo de nostalgia

Durante la década de 1950, la Ciudad de México era un sitio ideal donde crecer. La ciudad era segura y sus cielos claros; Cantinflas inspiraba las carcajadas en el cine, y Marcelino Pan y Vino, nos maravillaba y hacía llorar. La economía mexicana tenía como promedio tasas de crecimiento de más del 6 por ciento anual en su producto interno bruto (PIB). El crecimiento anual de la población superaba el 3 por ciento. Parecíamos vivir una época de oro. El único temor que recuerdo de mi niñez era la disciplina de mis maestros en la escuela quienes, a la menor infracción, me castigaban con reglazos en los nudillos y en las palmas de mis manos.

En ese entonces, uno podía transitar por un peso a todo lo largo del Paseo de la Reforma, a menos que escogiera la opción más económica preferida por mis hermanos mayores, Roberto y Miguel, de viajar en bicicleta agarrados con una mano de un autobus o un camión, dejándose remolcar a toda velocidad. En aquellos años, un kilo de frijol negro costaba un peso; y un litro de gasolina 30 centavos. Hoy día, un kilo de frijoles cuesta 25 pesos y un litro de gasolina 10 pesos. Al observar esto, le comenté a mi equipo que me estaba haciendo viejo, o que había habido una gran inflación. Ellos me aseguraron que ¡ambas cosas eran ciertas!

Turbulencia y lecciones aprendidas

México estaba en buenas condiciones cuando mi familia salió del país en 1959, y continuó así por muchos años, hasta que llegaron los turbulentos años setenta.

Entre 1975 y el año 2000, hubo una crisis tras otra: en 1976, 1982, entre 1985 y 1988 y en 1994. La mayoría de esas crisis coincidían con elecciones presidenciales; los sexenios eran normalmente recibidos con devaluaciones del peso del 40 por ciento o más. El peso se convirtió en el síntoma de una macroeconomía enferma y disfuncional.

En 1982, México ya no pudo pagar su deuda externa, lo cual ocasionó una fuga de capitales, devaluaciones recurrentes y una inflación elevada. Cada crisis dió como resultado un paquete de reformas prometidas, las cuales terminaron todas en fracaso, excepto una. En 1986, México ingresó al Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT, conocido hoy como la Organización Mundial del Comercio o WTO). Más adelante, los esfuerzos por reformar al país tomaron impulso bajo la administración del Presidente Salinas, quien inició su presidencia en 1988. Se privatizaron empresas públicas, se aceleró la desregulación de la industria y se promulgaron reformas bancarias. A pesar de ello, esta época terminaría también con una crisis, la llamada “crisis del tequila”. Ahora, en retrospectiva, sabemos que los cimientos que se colocaron en esa época, y que se desarrollaron durante la administración del Presidente Zedillo y en administraciones subsecuentes, llegarían a transformar las estructuras macroeconómicas de México de una manera impresionante.

En 1993, después de décadas de tasas de inflación de dos dígitos, fue necesario sustituir el peso original por uno más nuevo, eliminando tres ceros. El nuevo peso era más delgado y elegante, pero no tardó en sufrir la misma suerte que el viejo peso. A fin de cuentas, el problema no era el peso. El problema consistía en que México tenía un banco central, al cual las autoridades fiscales mantenían cautivo. A México lo empobrecía la complicidad del banco central con la mala administración fiscal del gobierno.

Sin un banco central independiente, volvió a surgir el mismo problema crónico: la monetización de la deuda gubernamental o, para decirlo en lenguaje más claro, la utilización de la “maquinita de imprimir billetes” para pagar deudas. La monetización y el derroche fiscal resultaron en un fuerte golpe a los mexicanos. La inflación anual fue en promedio del 15 por ciento en la década de los setenta y del 70 por ciento en la de los 80, antes de descender al nivel todavía inaceptable del 20 por ciento en la década de los 90. Los niveles de vida se estancaron y el crecimiento real per cápita del producto interno bruto (PIB) se redujo a sólo el 0.7 por ciento anual entre 1981 y el año 2000. Éstas fueron, como lo han observado otros, décadas perdidas.

Eso era antes. Esto es ahora: La necesidad de actualizar percepciones

Como resultado de estas crisis del pasado, hay personas que han desarrollado percepciones negativas de México. Y, como ustedes saben, los estereotipos negativos tardan mucho en cambiar. Yo considero que ha llegado el momento de cambiar nuestra perspectiva sobre México. Hay reformas instituídas y codificadas en la Constitución mexicana, tanto en el frente fiscal como en el monetario, que colocan a México en un lugar ejemplar. México ha mejorado mucho su entorno macroeconómico, más que lo que los estereotipos falsos nos quieren hacer creer. La realidad es que en muchas áreas macroeconómicas México se encuentra en una posición superior a los Estados Unidos.

Esto puede incomodarle a aquellos estadounidenses acostumbrados a mirar a México a través del lente de la inmigración y del tráfico de drogas, o a quienes su percepción benigna de México proviene de disfrutar una margarita en sus hermosas playas, como Punta Mita. Como menionaré más adelante, la situación macroeconómica de México es sólida y el país va por el sendero apropiado para resolver los engorrosos problemas microeconómicos que todavía obstruyen su progreso. En los Estados Unidos ocurre lo opuesto. Desde una perspectiva macroeconómica el futuro de México es prometedor; su potencial continúa mejorando. Desafortunadamente, por los problemas fiscales en mi país, no podemos decir lo mismo de la trayectoria macroeconómica de los Estados Unidos.

Los tejanos comprenden

Antes de continuar, quiero mencionar que los tejanos tenemos un alto grado de empatía hacia México, no solamente porque tenemos una frontera en común y compartimos una historia única; o porque los hispanos forman el 35 por ciento de nuestra fuerza laboral y ellos, y sus familias, han impulsado nuestra economía y han enriquecido nuestra cultura; sino porque Texas también sufre de estereotipos anticuados a pesar de nuestros logros macroeconómicos. Durante más de dos décadas, Texas ha crecido a un ritmo dos veces mayor que el resto de los Estados Unidos, con un crecimiento promedio de empleo del 2 por ciento anual, mientras que el producto interno bruto (PIB) nominal per cápita ha superado al del resto de la nación. De hecho, Texas no sólo ha estado a la vanguardia en la creación de empleo desde 1990, sino tambien ha superado a muchos de los países “avanzados”, desde Alemania, Francia e Reino Unido hasta Australia y Canadá.

Sin embargo con mucha frecuencia (y particularmente durante el breve período en que cierto Gobernador de Texas aspiraba a la presidencia), muchos de los que se aferran a los viejos estereotipos describen a Texas como un estado disfuncional. La realidad refuta esta ficción tanto en Texas como en México.

La realidad de México

Así que, ¿cuál es la verdad acerca de la economía mexicana? Para contestar esta interrogante podríamos comenzar por examinar ciertos criterios comparativos en México y los Estados Unidos.

Por ejemplo, vale la pena observar que México se recuperó con mayor rapidez de la Gran Recesión y de la crisis financiera global. La actividad económica de México se contrajo de manera brusca y profunda en 2009 con una caída del 6.2 por ciento en términos reales. Pero su producto interno bruto real se recuperó con gran rapidez, creciendo en un 5.5 por ciento en el 2010 y un 3.9 por ciento en el 2011, para alcanzar su pico previo a la recesión después de 12 trimestres. En los Estados Unidos la recuperación demoró 15 trimestres, o sea casi un año más, antes de que su producto interno bruto retornara a los niveles previos a la recesión.

La producción industrial de los Estados Unidos no ha alcanzado todavía los niveles previos a la recesión, mientras que la producción industrial de México sobrepasó su pico anterior a la recesión a fines del 2010.

Política fiscal

En el ámbito fiscal, podría ser sorprendente para las autoridades fiscales de mi país que ¡México cuenta realmente con un presupuesto federal! Y a ustedes les puede sorprender que el gobierno de los Estados Unidos no haya podido aprobar un presupuesto durante tres años consecutivos.[1] Es más, en 2011, México tuvo un déficit presupuestario equivalente a 2.5 por ciento del producto interno bruto, comparado con un déficit del 8.7 por ciento en los Estados Unidos. La deuda nacional de México es pequeña, alrededor del 27 por ciento de su producto interno bruto; en el 2011, la razón deuda-producto interno bruto de los Estados Unidos fue el 99 por ciento y está proyectada que será del 106 por ciento en el 2012, cuando la deuda nacional excederá los $16 billones de dólares.[2]

México posee una herramienta que obliga al gobierno a adherirse a una disciplina fiscal. Desde el 2006, ustedes han adoptado la regla de un presupuesto equilibrado. Fue parte de las reformas de la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria, aprobada por el Congreso de la Unión. Las desviaciones de la regla se permiten sólo en emergencias. Por consiguiente, aún al ocurrir la situación de emergencia que provocó una desviación de la regla durante la Gran Recesión y la crisis financiera global, el déficit del presupuesto de México, como porcentaje de su producto interno bruto, fue menos de la cuarta parte del déficit fiscal de los Estados Unidos.

Esto es un hecho: Su gobierno ha puesto en marcha una disciplina fiscal mucho mejor que la de mi gobierno, y lo ha hecho de tal forma que no ha obstruído la recuperación económica.

Al comenzar mis comentarios, mencioné a Cantinflas. Era el maestro del chiste—ya sea que se tratara de una pirueta cómica o de un juego de palabras, con frecuencia dirigido en contra del gobierno. Las reformas fiscales del gobierno mexicano no tienen nada de humorístico; por el contrario, han sido reformas serias con un impacto significativo. En contraste, los politicos y los forjadores de las políticas norteamericanas han demostrado su incapacidad para llevar a cabo una reforma fiscal. Las autoridades fiscales de los Estados Unidos no han logrado determinar la manera de estructurar y poner en práctica un presupuesto que restaure la confianza, que controle los déficits nacionales a largo plazo y las obligaciones contrapartidas de ingresos para fomentar al mismo tiempo la inversión, la creación de empleo y la toma de riesgo. El Congreso de los Estados Unidos, y los aspirantes a la presidencia en el 2012, podrían beneficiarse con una visión más amplia de México. En vez de enfocarse exclusivamente en la inmigración ilegal y el tráfico de drogas y de armas—no obstante la importancia de estos temas—deberían pedirle prestado a México su manual de disciplina fiscal.

Asuntos monetarios

Al abordar el tema de los asuntos monetarios, es necesario mencionar que en años recientes el peso ha sido muy volátil, respondiendo a las fuerzas de mercado que actúan sobre una moneda que ahora flota libremente. Antes de la crisis financiera, el tipo de cambio promedio era de aproximadamente 11 pesos por dólar; desde el 2009, el promedio ha sido más o menos de 13 pesos por dólar. El año pasado sólo entre los meses de julio a diciembre el peso se depreció en un 15 por ciento, pero desde entonces ha vuelto a apreciarse ligeramente frente al dólar. Es notable, sin embargo, que la relación entre la fluctuación del peso y la inflación ha sido débil y temporal. La inflación fue del 3.6 por ciento en el 2009, aumentó al 4.4 por ciento en el 2010, y se redujo luego al 3.8 por ciento en el 2011. Esto está dentro de los parámetros de objetivos de inflación establecidos por el Banco de México y es comparable al ritmo de inflación del 3.0 por ciento en los Estados Unidos el año pasado, de acuerdo al índice de precios al consumidor (CPI).

Yo atribuyo el control de la inflación a la reforma de 1993 que convirtió al Banco de México en un banco central independiente y a la adopción en el 2001 de un régimen de inflación objetivo.

Antes de la creación de un banco central independiente, la inflación de México tenía una tasa anual promedio de 43 por ciento; después de esta reforma, la inflación cayó al 11 por ciento; y desde el establecimiento del régimen de inflación objetivo, la tasa promedio de la inflación descendió al 4.4 por ciento anual.

Es importante observar que a medida que gana experiencia y la credibilidad en la implementación de un régimen de inflación objetivo, un banco central puede influir sobre las expectativas de inflación. El Banco de México parece haber logrado esto con éxito, como lo demuestra que la tasa de inflación objetivo pasó de ser 6.5 por ciento en el 2001 a sólo 3 por ciento en la actualidad.

Como resultado de estos cambios importantes, el peso es ahora un repositorio de valor y ya no es rechazado como una divisa enfermiza. La dedicación del banco central a una tasa de inflación baja a corto y a largo plazo ha contribuído, con el tiempo, al desarrollo de un mercado de bonos denominado en pesos y al descenso de las tasas de interés de la deuda pública.
 
Antes de 1995, la curva de rendimiento mexicana se extendía a… ¡27 días! Los Certificados de la Tesorería de la Federación, los CETES, eran el único tipo de emisión existente. En 1995, el gobierno mexicano comenzó a desarrollar progresivamente una mejor curva de rendimiento. En ese año emitió notas bancarias con una madurez de hasta un año; en el año 2000 esta madurez se extendió a cinco años; en el 2004 la emisión de bonos alcanzó 20 años y en el 2006 fue de 30 años. Las tasas de interés han caído con cada emisión subsecuente. Tan sólo en enero de este año, México emitió $2,000 millones en bonos a 10 años denominados en pesos, con un rendimiento del 3.7 por ciento anual y una relación oferta-demanda de dos y medio a uno. Ésta ha sido la tasa más baja que el gobierno ha obtenido en este plazo, cuyo inventario es de $247 mil millones de pesos.

Otra nota sobre la deuda mexicana: el indicador de mercado que mide el riesgo de crédito de México (CDS) se ha mantenido en niveles bajos y recientemente se encuentra por debajo del de Francia (¡al final, revancha contra Maximiliano!).

La realidad es que las reformas de la política monetaria de México han comenzado a rendir frutos respecto a la inflación y el costo de la deuda.

En cuanto al ámbito monetario, considero que es justo decir que la comparación con México es más favorable para los Estados Unidos que en el ámbito fiscal. En la última reunión del Comité Federal de Mercado Abierto celebrada en enero, la Reserva Federal adoptó formalmente un objetivo de inflación a largo plazo del 2 por ciento. Declaramos al mismo tiempo que aunque nosotros tenemos un doble mandato, a diferencia del Banco de México, no estábamos en condiciones de ofrecer un objetivo numérico de empleo porque factores “no monetarios” tienen tanta o más influencia sobre la dinámica del empleo que la política monetaria. Personalmente, considero que ésta es una señal importante para que nuestras autoridades fiscales comprendan que no pueden esperar que la inflación las absuelva de la obligación que tienen de instituir las reformas fiscales y regulatorias necesarias para restaurar un crecimiento sostenible del empleo.

Esta vez no fue México…

Apuesto que cada uno de ustedes recuerda la puntada de Guillermo Ortiz durante la reunión en Davos de 2008: “Esta vez no fuimos nosotros”. No fueron ustedes en gran parte debido a la inversión hecha por el gobierno mexicano en reformas fiscales y monetarias. Estas reformas no han sido perfectas. Todavía hay mucho por hacer. Pero México ha logrado grandes avances.

Ustedes han avanzado bastante en la apertura comercial después de ingresar al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) en 1986. Ratificaron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994. Desde entonces, hasta donde yo tengo conocimiento, el gobierno mexicano ha implementado por lo menos 13 acuerdos de comercio con 45 naciones y está negociando en la actualidad acuerdos adicionales con Corea del Sur y Brasil.

La apertura del comercio ha beneficiado al pueblo mexicano. Los aranceles promedio han bajado desde el 27 por ciento en 1982 al 1.3 por ciento en el 2001, beneficiando a los consumidores y a los productores mexicanos. Y tanto el volumen como la composición del comercio exterior mexicano se han transformado de manera significativa. En 1980, el comercio, como porcentaje del producto interno bruto, era de sólo el 17.5 por ciento; hoy las exportaciones e importaciones mexicanas equivalen al 62 por ciento de la producción económica del país. En 1980, el petróleo representaba el 58 por ciento de las exportaciones de México; hoy día representa solamente el 16 por ciento. Gracias a la evolución de una industria manufacturera de clase mundial, aproximadamente el 80 por ciento de las exportaciones de México son productos manufacturados.

… Pero queda todavía más por hacer

En cuanto al desarrollo de la economía interna, el país ha progresado pero todavía queda mucho por hacer. Yo espero que ustedes le permitan a un vecino amigable señalar algunas de sus inquietudes.

La buena noticia es que a fines de la década de los 80 y comienzos de la década de los 90, más de 1,000 empresas públicas de México fueron privatizadas. Pero el éxito de la privatización ha sido mixto. La privatización bancaria originó inicialmente una crisis financiera y un costoso rescate, aunque ahora el sistema bancario mexicano opera sobre cimientos más firmes. Los bancos mexicanos demostraron su capacidad y fortaleza de recuperación durante la reciente crisis financiera global. La mayoría de los bancos mexicanos han puesto en práctica las normas de capital de Basel 3. Al otro extremo del espectro, la desregulación de la industria telefónica, no ha sido exitosa. Ha dado como resultado un monopolio de los medios de telecomunicación que continúa hasta ahora siendo un impedimento estructural significativo para el desarrollo de la economía mexicana. En un informe reciente, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD) estima que la falta de competencia en el sector de las comunicaciones produjo pérdidas de bienestar de $129.2 mil millones de dólares entre los años 2005 y 2009, una pérdida equivalente al 1.8 por ciento del producto interno bruto de México.[3]

Me preocupa también la capacidad futura del gobierno mexicano para financiar sus necesidades en una era de producción petrolera en declive. Como es del conocimiento de ustedes, los ingresos petroleros representan el 34 por ciento de los ingresos públicos, mientras que la producción del petróleo crudo ha caído un 25 por ciento desde su nivel pico del año 2004, hasta un nuevo mínimo de sólo 2.5 millones de barriles diarios. Mientras tanto, sin el petróleo, los impuestos como parte del producto interno bruto se encuentran entre los niveles más bajos de América Latina, a pesar de los mejores esfuerzos del gobierno actual por aumentar los ingresos fiscales. Es importante que se puedan encontrar nuevas maneras de mantener un presupuesto nacional equilibrado como lo exige el Congreso, y poder lograrlo sin asfixiar el crecimiento económico.

Una inquietud que tengo acerca del potencial del crecimiento de la economía mexicana a largo plazo es que en las estadísticas compiladas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD) México aparece penúltimo en tasas de graduación de la escuela preparatoria. Sólo el 45 por ciento de los estudiantes mexicanos que se matriculan en la escuela preparatoria o su equivalente se gradúan. Mientras tanto, un cuarto de todos los mexicanos entre las edades de 15 y 29 años no asisten a la escuela y no participan en la fuerza laboral. Cuando la gente joven no va a la escuela ni trabaja, existe con mucha frecuencia la posibilidad de inestabilidad social y actividad criminal.

Me parte el alma ver que la violencia continúa siendo una plaga en esta gran nación. La mayoría de las empresas en el corazón industrial del norte de México informan que han sido afectadas directamente por el crimen organizado. Esto pone a prueba la determinación de inversionistas potenciales e induce a ciertas familias prominentes mexicanas a trasladar sus familias y sus negocios a Texas y a otros estados de los Estados Unidos. Es una situación que drena el capital intelectual y la productividad de México, algo que el país no puede darse el lujo de perder.

Todos estos factores y otros, como las prácticas monopolísticas en el sector de las telecomunicaciones, restringen el progreso y la productividad que deben surgir de los grandes avances macroeconómicos logrados por México.

Al puntualizar esta problemática no es mi propósito ofender a mis compadres mexicanos. Estoy simplemente señalando que la reforma macroeconómica es una condición necesaria pero insuficiente para el progreso económico. Es imprescindible hacer valer las leyes, crear un sistema educativo mejor y eliminar las barreras que obstaculizan la plena utilización del capital humano, físico y financiero del país para que el triunfo de las reformas macroeconómicas haga cristalizar un bienestar y un futuro mejor para la nación mexicana.

Conclusión

Aunque la tarea de mejorar la vida del pueblo mexicano está muy lejos de haberse completado, ha llegado el momento de descartar los viejos estereotipos y dar a las autoridades fiscales y monetarias de México el crédito que se merecen. A quienes dudaron de la capacidad de México para adoptar reformas, abandonar métodos obsoletos y adoptar métodos nuevos, yo quisiera sugerir que el desempeño de la economía mexicana durante y desde la reciente crisis financiera debe ser suficiente para aplacar sus temores. La rápida recuperación de México en todas las áreas de sus sectores macroeconómicos y financieros es una prueba positiva de que los sacrificios de la reforma valieron la pena. Me aventuro a decir que hay lecciones que aprender de esta experiencia, lecciones para los Estados Unidos e inclusive para Europa. Los logros de México se han alcanzado a través de reformas monetarias y fiscales. Estas reformas han trabajado en armonía para crear el modelo de una macroeconomía estable y vigorosa. Para los mexicanos esto debe ser motivo de orgullo. Y para otras naciones, inclusive la mía, motivo de inspiración.

Notas

Los puntos de vista expresados son exclusivamente los del autor y no reflejan necesariamente la posición oficial del Sistema de la Reserva Federal.

  1. Aunque no ha habido una resolución presupuestaria durante tres años, las agencias gubernamentales han recibido financiamiento a través de comités de apropiaciones.
  2. Las cifras de la deuda federal de los Estados Unidos aquí citadas se refieren a la “Deuda Federal Bruta”, que incluye prácticamente toda la deuda emitida por el gobierno de ese país. Incluye tanto deuda en manos de agencias gubernamentales, tales como bonos del Tesoro en la cartera de inversiones del Sistema de Seguridad Social (Social Security Trust Fund), como deuda en manos del sector privado. Esta medida es comparable, por lo tanto, a la deuda federal bruta de México.
  3. OECD (2012), OECD Review of Telecommunication Policy and Regulation in Mexico, OECD Publishing. Disponible en http://dx.doi.org/10.1787/9789264060111-en.
Sobre el autor

Richard W. Fisher es el presidente y director ejecutivo del Banco de la Reserva Federal de Dallas.

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