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Globalización desde una
perspectiva latinoamericana (con una alusión
a Las Meninas)
Comentarios en el Banco Central
de Argentina
Buenos Aires
19 abril 2006
Muchos de los presidentes de los
otros Bancos del Sistema de la Reserva Federal son economistas
por formación y entrenamiento. Mi entrenamiento
profesional en cambio culminó en un Masters en
Administración de Empresas (MBA) de Stanford,
tras haber recibido un Bachelor of Arts con especialización
en economía de Harvard y estudiado asuntos políticos
latinoamericanos en Oxford.
Por muchos años me gané
la vida como gerente financiero, administrando carteras
de activos especializadas en acciones globalmente diversificadas
y títulos de deuda con problemas de cobrabilidad.
Tras haberle “ganado” al mercado por veinte
años, decidí que no quería arriesgar
más mi buena suerte, metí las ganancias
en el bolsillo y me retiré de la “ruleta
financiera” para convertirme en un representante
oficial de los EE. UU. en negociaciones comerciales
internacionales. En mi condición de delegado
comercial, dediqué muchas horas a resolver asuntos
comerciales bilaterales con el gobierno argentino. Con
la ayuda de Martín Redrado, trabajé con
la Argentina en la iniciativa del Área de Libre
Comercio para las Américas (ALCA), ó,
según las siglas en inglés, FTAA, un esfuerzo
que como es público y notorio nunca llegó
a despegar a pesar de nuestra mejores intenciones y
esfuerzos conjuntos.
En la actualidad, Martín
y yo desempeñamos funciones distintas, como banqueros
centrales. Estoy encantado de estar aquí con
él nuevamente. Es un amigo cuya compañía
y aportes intelectuales valoro. Quiero agradecerte,
Martín, por haberme invitado a hablar en este
foro tan distinguido. Somos muy buenos amigos y me encanta
estar acá con vos.
Tengo entendido que muchos de
los asistentes a esta charla trabajan en el sector financiero,
como yo mismo lo hice muchos años atrás.
Me siento cómodo compartiendo mis puntos de vista
con quienes se ganan el pan en las trincheras, experimentando
cotidianamente el impacto de la globalización
en sus propias oportunidades comerciales y transacciones
financieras.
Llevo en mis venas el interés
por la globalización. Mi padre era australiano,
mi madre una noruega nacida y criada en Sudáfrica.
Se encontraron en la ciudad sudafricana de East London
e intentaron ingresar en los EE.UU. en 1939, pero el
Servicio de Inmigración no los dejó. Tuvieron
que radicarse entonces del otro lado de la frontera,
en la ciudad mejicana de Tijuana, donde vivieron hasta
que se convirtieron en ciudadanos de los EE. UU. en
1947. Casi inmediatamente mi padre empezó a trabajar
con una compañía química, que lo
envió a Shangai a cerrar las operaciones, ante
los riesgos que presentaba el avance de las fuerzas
comunistas, que estaban diezmando el ejército
Nacionalista. Mis padres regresaron a los Estados Unidos
un poco antes de que yo naciera en Los Ángeles.
Algo después nos mudamos a la ciudad de México,
donde asistí a la escuela primaria y aprendí
el menos que perfecto castellano con el que hoy me he
tomando la libertad de torturarlos. El punto que quiero
hacer con toda esta presentación personal es
el siguiente: fui manufacturado en China con componentes
provenientes de Australia y Noruega vía Sudáfrica.
Fui ensamblado en México y realicé mi
valor agregado en los EE. UU.
Soy un auténtico hijo
de la globalización.
Permítanme recordarles
otro hijo de la globalización: Sir Edmund James
Palmer Norton. Sir Norton nació en la frontera
entre Dinamarca y Alemania, de padres ingleses. Tras
obtener un título de ingeniero en Inglaterra
fue contratado para construir un ferrocarril trasandino
entre Argentina y Chile. Sus responsabilidades lo llevaron
a Mendoza, donde rápidamente reconoció
el potencial vitivinícola de la región.
En 1895 Sir Norton importó cepas de Francia y
fundó en la localidad de Perdriel la bodega que
todavía lleva su nombre (sabrán perdonar
el “chivo”).
Así nació la industria
vitivinícola Argentina. Norton estableció
uno de los grandes legados de Argentina. Gracias a esa
industria, toda una región del país ha
prosperado, desmintiendo las afirmaciones infundadas
que escucho muchas veces de que la globalización
empobrece a los pueblos. La industria vitivinícola
provee miles de puestos de trabajo para mano de obra
de todos los niveles de entrenamiento y educación:
desde los esforzados trabajadores que recogen las uvas
a mano, hasta los expertos enólogos que supervisan
el proceso de añejamiento, pasando por los competentes
ingenieros agrónomos que controlan las condiciones
del suelo y de los viñedos. Debemos agregar a
la lista los puestos de trabajo creados por el proceso
de embotellamiento y distribución de los vinos
en el mercado doméstico y en el exterior, por
la intermediación financiera que demanda el financiamiento
que se requiere en todas las etapas del proceso, y por
la actividad turística que como consecuencia
atrae la región. Cientos de miles de puestos
de trabajo, gracias a Sir Norton y la globalización.
En la actualidad, los vinos argentinos
son sumamente competitivos en el mercado global. Amantes
del vino de todo el mundo se han beneficiado enormemente
con la presencia de los cabernets y merlot argentinos,
al lado de los procedentes de Francia, Italia, Chile
y California. Los consumidores estadounidenses están
viendo cada vez más y más vinos argentinos
en sus supermercados. Debería agregar—in
vino veritas—que yo personalmente los disfruto
mucho. En mis cordiales encuentros con oficiales del
gobierno argentino, nos abstuvimos de tocar el tema
de las políticas agrícolas, con una excepción:
como un conocedor de vinos, por favor nunca prohiban
las exportaciones de... ¡Malbec!
Nuevos modos de pensar
Voy a ponerme ahora un poco
más solemne. ¿Qué quiero decir
con globalización? Hay muchas definiciones rebuscadas
del término. La mía es simple: en el mundo
en el que vivimos, el potencial económico no
está más confinado a las fronteras políticas
o geográficas. Un mundo globalizado es un mundo
donde bienes, servicios, dinero, trabajadores y por
supuesto, las ideas, emigran adonde se los trata mejor,
es decir, a aquellos países y regiones donde
son libres de combinarse de la manera más eficiente
posible, con seguridad, flexibilidad y rentabilidad.
Debido a mis geográficamente
extendidos orígenes, he sido introducido a la
idea de la globalización desde mi nacimiento.
Mi paso por la Reserva Federal no ha hecho más
que cebar mi interés. Estoy convencido que los
banqueros centrales de todo el mundo tienen que entender
mejor las fuerzas presentes detrás del fenómeno
de la globalización, de manera de formular políticas
monetarias que faciliten el crecimiento sostenido y
no inflacionario del empleo y la producción.
Esta tarde quiero extenderme un poco sobre ese tema.
Lo haré exclusivamente a título personal,
dejando en claro que no hablo en nombre de mis colegas
del Sistema de la Reserva Federal ni de ningún
otro miembro del Comité Federal de Operaciones
de Mercado Abierto (Federal Open Market Committee),
que como ustedes saben es el organismo responsable en
última instancia de la política monetaria
de los Estados Unidos.
Seguramente todos Uds. tienen
frescos todavía los recuerdos del efecto tequila.
Al principio de 1995, las ondas del terremoto financiero
con epicentro en México viajaron silenciosamente
a través del Canal de Panamá y del Amazonas,
para hacer sentir todo su rigor en las Pampas localizadas
en el hemisferio opuesto. Y todo esto ocurrió
porque una entidad financiera con muy poca participación
en el mercado financiero argentino estaba sobreexpuesta
en Tesobonos, el instrumento financiero de corto plazo
emitido por el gobierno mejicano que los mercados temieron
repentinamente que su emisor no podría honrar.
Un incidente aparentemente intrascendente a miles de
kilómetros de la Argentina desató un pánico
financiero que estuvo a punto de doblegar el régimen
de convertibilidad que había sido capaz de poner
fin a décadas de inflación endémica.
En el marco impuesto por este
antecedente, es natural que los banqueros centrales
de economías relativamente pequeñas y
sumamente expuestas, por lo tanto, a los embates de
acontecimientos externos, formulen sus políticas
monetarias teniendo muy presente lo que ocurre más
allá de sus fronteras. Para dichas “pequeñas
economías abiertas”, para usar el término
técnico carente de toda connotación peyorativa
con que se las describe usualmente en la jerga profesional,
las políticas monetarias domésticas pueden
muchas veces tener menos importancia relativa que los
efectos de las políticas adoptadas por Estados
Unidos, Europa, Japón y otras economías
más grandes.
Tal vez sea por esa razón
que los banqueros centrales de América Latina
están, en un sentido que se hará preciso
más adelante, más avanzados que el resto
del mundo en su entendimiento del impacto de la globalización
en la formulación de políticas monetarias.
La mayoría de ustedes ya sabe perfectamente que
no podemos asumir que desarrollos económicos
o financieros en otras partes del mundo—nuevas
tecnologías o proveedores en algunos casos, crisis
financieras o cambiarias en otros—dejará
a sus economías indemnes.
Esta estrecha relación
entre globalización y política monetaria
se ha hecho carne en Uds. pero no tanto en los banqueros
centrales de mi propio país, los Estados Unidos,
como tuve oportunidad de descubrir en el proceso de
prepararme para este trabajo.
Uno de los libros que leí
durante ese período de entrenamiento autodidacta
fue Un término en la Reserva Federal,
un excelente libro de carácter testimonial por
Larry Meyer, donde el autor documenta sus experiencias
durante el período en que se desempeñó
como gobernador del Comité Federal de Operaciones
de Mercado Abierto. La críptica jerga del Comité
de Mercado Abierto (“Fedspeak”, como la
llamamos nosotros) está llena de términos
tales como “brecha PBI potencial-PBI efectivo”
(“output gap”), “limitaciones a la
capacidad instalada” (“capacity constraints”)
y la “tasa natural de desempleo” (“natural
rate of unemployment”) o su más moderno
sucesor, la “tasa natural de desempleo sin inflación
creciente” o NAIRU (“non-accelerating inflation
rate of unemployment”).
Toda esa críptica jerga
refleja que los banqueros centrales no quieren poner
demasiada presión sobre la capacidad productiva
de la economía. A nosotros nos gustaría
que el PBI crezca a una velocidad que no supere su límite
teórico, porque avanzar demasiado rápido
por muy largo trecho podría desatar presiones
inflacionarias. Un factor crítico en la capacidad
productiva de cualquier economía es el tamaño
y disponibilidad de mano de obra. La construcción
teórica conocida como “curva de Phillips”
sostiene que aumentos del empleo más allá
de ciertos límite fomenta reclamos por aumentos
salariales, con eventuales consecuencias inflacionarias
para toda la economía.
Los cálculos detrás
de conceptos como la curva de Phillips, límites
a la capacidad instalada, brechas entre producto efectivo
y potencial, están basados en un mundo que, en
mi opinión, no existe más. Tengo entendido
que tales conceptos económicos convencionales
también están siendo cuestionados en estas
latitudes. Aquí, en Argentina en particular y
América Latina en general, la jerga parece ser
diferente. Está repleta de términos como
“substitución de monedas” (“currency
substitution”), “miedo a flotar” (“fear
of floating”), “frenadas repentinas”
(“sudden stops”), “fuga a la calidad”
(“flight to quality”), etc. Todos términos
que evocan la imagen de decisiones de política
económica formuladas en el medio de las fuerzas
tectónicas de la globalización. Estoy
casi seguro de que la evocación de esas imágenes
fue la intención deliberada de los excelentes
teóricos latinoamericanos que acuñaron
algunos de esos términos, como el respetado economista
argentino Guillermo Calvo.
Es cierto que a veces también
encuentro referencias a la curva de Phillips en las
discusiones de política monetaria en América
Latina, pero no con la misma frecuencia y énfasis
que detecto en los Estados Unidos.
Tal vez circunstancias económicas
adversas explican que la curva de Phillips, brechas
de producto y otros conceptos relacionados, no gocen
en esta región de la misma popularidad que en
los Estados Unidos. La inflación creció
descontroladamente en América Latina en la década
de 1980. Al comenzar ese período conocido como
la “década perdida”, muchos países
de la región ya estaban experimentando inflaciones
crónicas “benignas” del orden del
15 por ciento anual—si se puede llamar benigna a una tasa
de inflación que duplica el nivel de precios
cada cinco años. Pero al avanzar esa década,
en muchos países como Bolivia, Brasil, Perú,
y lamentablemente Argentina, las inflaciones crónicas
se convirtieron casi de la noche a la mañana
en hiperinflaciones. Mi conjetura es que las dramáticas
consecuencias políticas y sociales de esos brotes
hiperinflacionarios proveyeron a los hacedores de políticas
y economistas de mayores incentivos para entender por
qué sus economías no habían podido
materializar los aumentos del empleo que según
la curva de Phillips se podrían conseguir con
una mayor inflación.
En la búsqueda de respuestas,
los banqueros centrales de América Latina pueden
haber sido persuadidos más temprano que sus pares
de otras latitudes de los poderosos argumentos que Robert
Lucas ofreció en un trabajo en 1972 y que alrededor
de un cuarto de siglo después le merecería
el Premio Nobel de Economía. De acuerdo con Lucas,
los banqueros centrales no pueden explotar la correlación
negativa entre tasa de inflación y tasa de desempleo
sugerida por la curva de Phillips porque dicha correlación
es una suerte de espejismo y, como tal, intrínsicamente
“inexplotable”. Está allí,
se puede ver en muchos períodos en los datos,
pero no se la puede “tocar”, por así
decirlo. Intentos de tocarla resultarán en un
frustrante aguijonazo: una expansión supuestamente
reactivante de la oferta monetaria se manifestará
en un aumento equivalente de la inflación, sin
ningún efecto en el empleo o el nivel de actividad
económica.
Tal vez la globalización
tuvo el efecto de inducir a los banqueros centrales
de América Latina a aceptar la así llamada
“crítica de Lucas”. Cada vez que
habían intentado aprovechar la curva de Phillips,
expandiendo la oferta monetaria para aumentar el PBI,
la subsiguiente salida de capitales había empujado
a sus economías a la recesión, reducido
los ingresos fiscales, forzado a pagar las cuentas con
emisión, y desembocado, por lo tanto, en mayor
inflación, sin ningún efecto visible y
mucho menos perdurable en el nivel de actividad. La
formulación de la política monetaria con
el paradigma de la curva de Phillips había llevado
a apretar los botones equivocados. Una vez que los banqueros
centrales de América Latina aprendieron a desconfiar
de las virtudes de la curva de Phillips para guiar sus
decisiones, las tasas de inflación se desplomaron.
Argentina, por ejemplo, pudo enorgullecerse al fin en
los años 90 de exhibir una de las tasas de inflación
más bajas del mundo.
Pero las lecciones que los banqueros
centrales de América Latina habían aprendido
a fuerza de golpes hiperinflacionarios no habían
penetrado aún a fines de los 90 en la mente de
todos los banqueros centrales de los Estados Unidos.
Como resultado, nosotros también casi terminamos
apretando los botones equivocados. Debido a que esta
audiencia seguramente no está familiarizada con
los debates de política monetaria en mi país
en los 90, permítanme ofrecerle una breve reseña
histórica de ese período.
En la segunda mitad de la década
de los 90, Estados Unidos exhibió un crecimiento
sólido y en aumento. La tasa de desempleo estaba
cayendo hacia los bajos niveles que no se veían
desde 1960. En estas circunstancias la inflación
se suponía que tenía que aumentar, al
menos para aquellos que creían en la curva de
Phillips y la visión prevaleciente de “brechas
de producto”, “límites de capacidad”,
y “tasa natural de desempleo.” Eso era también
los que los modelos econométricos de la Reserva
Federal pronosticaba: mayores presiones inflacionarias.
En su libro, Larry Meyer, el ex-gobernador del Comité
de Operaciones de Mercado Abierto cuenta que él
y casi todos los otros gobernadores entonces en el Comité
manifestaron que la política monetaria de los
Estados Unidos tenía que pasar a ser más
contractiva, a fin de evitar que las presiones inflacionarias
que sugería el “viejo paradigma”
se materializaran en un alza general de precios. Pero
sus deseos se vieron frustrados por la insistencia de
Greenspan en posponer los aumentos en la tasa de interés
interbancarias (Federal Funds Rate), mientras observaban
perplejos que la tasa de inflación no sólo
no subía, sino que bajaba.
Si la sabiduría convencional
hubiese prevalecido, la Reserva Federal podría
haber terminado apretando los botones equivocados y
reduciendo innecesariamente el crecimiento de la economía.
Según cálculos a ojo de buen cubero por
economistas que gozan de mi respeto, el PBI hubiese
sido varios cientos de millones de dólares menor
que lo que fue y se hubieran creado tal vez un millón
menos de puestos de trabajo. Los costos de conducir
la política monetaria de acuerdo con el viejo
paradigma podrían haber sido enormes.
¿Cómo pudo
Greenspan acertar en su diagnóstico donde otros
hombres y mujeres sumamente inteligentes se habían
equivocado fiero?
Con el recurso pedagógico
bíblico de pronosticar lo ya pasado, ahora comprobamos
lo que Greenspan intuyó desde el principio, que
la aceleración de la productividad que estaba
ocurriendo en la década de los 90 había
comenzado a alterar las relaciones tradicionales entre
las variables macroeconómicas relevantes.
Greenspan es un hombre que sabe
escuchar y es muy perceptivo. Él venía
escuchado de los líderes del mundo de los negocios
que la revolución informática en curso
había permitido a sus compañías
abaratar costos y aumentar rápidamente su capacidad
productiva. Greenspan tuvo el genio de comprender la
significación que esas anécdotas individuales
tenían para la economía en su conjunto.
Para hacer justicia a los científicos
y estudiosos de la economía, ya desde bastante
tiempo antes habían empezado a circular en el
terreno de la teoría macroeconómica ideas
que avalaban la visión de Greenspan. Uno de los
líderes de esa nueva corriente teórica
es también uno de lo grandes investigadores de
la profesión que, puedo decir con orgullo, ha
sido un consultor de la Reserva Federal de Dallas por
más de una década. Me refiero al premio
Nobel de Economía 2004, Finn Kydland. Él
y su coautor Edward Prescott, economista afiliado al
Banco de la Reserva Federal de Minneapolis, con quien
compartió el premio Nobel, recibieron ese reconocimiento
por haber establecido en un trabajo que publicaron en
1982 que perturbaciones favorables a la oferta agregada
(“supply shocks”) como los que estaban impactando
a los Estados Unidos en la década de los 90 habían
sido la fuente predominante de las fluctuaciones cíclicas
de ese país desde la Segunda Guerra Mundial.
De acuerdo con Kydland y Prescott,
cambios en la productividad, una fuente frecuente de
perturbaciones a la oferta agregada, podían dar
cuenta de más de dos tercios de los ciclos económicos
de los Estados Unidos desde 1945. Ambos concluyeron
también, en un trabajo publicado por la Reserva
Federal de Minneapolis en 1990, que las fluctuaciones
del nivel de precios, al menos para los Estados Unidos
en décadas recientes, son contracíclicas.
En castellano,
esto quiere decir que cuando el nivel de actividad económica
tiende a estar por encima de su valor de tendencia,
el nivel de precios tiende a estar por debajo de su
valor de tendencia. ¡Exactamente lo opuesto que
lo que sugiere la curva de Phillips que ya había
sido desacreditada por Robert Lucas! Ya que estamos
en el tema, permítanme señalar que en
1997 Kydland y nuestro propio economista de la Reserva
Federal de Dallas, Carlos Zarazaga, descubrieron no
sin algo de asombro que el nivel de precios en Argentina
exhibe las mismas características contracíclicas
que Kydland y Prescott encontraron en los Estados Unidos.
Mirar los gráficos y ecuaciones
del trabajo de 1990 de Kydland y Prescott no es precisamente
como contemplar Las Meninas de Velázquez,
pero tienen sin embargo la misma significación
revolucionaria. Kydland y Prescott sacudieron a la profesión.
En lo que respecta a política monetaria, sus
“hallazgos” tienen implicaciones trascendentes.
Los trabajos de esos investigadores sugerían
recomendaciones de política que iban en contra
de la sabiduría convencional: en presencia de
persistentes mejoras en la productividad, la Reserva
Federal no tenía que pasar a una política
monetaria contractiva, sino dejar a la economía
“disfrutar de los buenos tiempos”, sin temor
a que la economía estuviera expuesta a presiones
inflacionarias. Esta recomendación es exactamente
la opuesta a la sugerida por la perspectiva tradicional
que Meyer tan bien describe en su libro. Pero está
perfectamente alineada con las conclusiones a las que
Greenspan arribó tal vez de manera más
intuitiva, luego de hablar con cientos de hombres de
negocios y académicos.
Antes de proseguir, quiero revisar
con ustedes la cronología del debate sobre políticas
monetarias de los Estados Unidos en los 90 que acabo
de describir sumariamente. El primer trabajo innovador
de Kydland y Prescott, titulado “Time to Build
and Aggregate Fluctuations” (Tiempo de montaje
y fluctuaciones agregadas”) fue publicado en 1982.
Todavía una década más tarde, según
nos cuenta el ex-miembro del Comité de Operaciones
de Mercado Abierto, Larry Meyers, el marco analítico
de referencia de los hacedores de política en
los Estados Unidos continuaba siendo el paradigma de
la curva de Phillips y brechas de producto que Kydland
y Prescott habían demostrado inapropiado para
épocas de inusualmente alta productividad, como
la que experimentó los Estados Unidos en la década
de 1990.
¿Por qué
semejante falta de sincronización entre nuevos
desarrollos teóricos y la práctica de
los bancos centrales? No puedo contestar esta pregunta
con ninguna autoridad, pero sí puedo hacer una
observación. Parece haber una larga demora entre
el tiempo en que un nuevo paradigma emerge y el tiempo
en que los hacedores de política empiezan a incorporarlo
en su interpretación de la realidad y en sus
decisiones de política económica. Esta
constatación sólo sirve para aumentar
mi sentido de urgencia sobre la necesidad de profundizar
nuestra comprensión del impacto de la globalización
en la política monetaria y políticas públicas
en general.
Todos los países, incluso
éste, están sintiendo los efectos del
incremento de la productividad en China e India—consecuencia
directa, valga la digresión, de políticas
inspiradas en el principio del libre mercado que esos
países están implementando en un esfuerzo
deliberado por convertirse en miembros plenarios del
club de la globalización. Necesitamos aprehender
cómo funciona el mundo porque ese conocimiento
va a aumentar las probabilidades de que, llegado el
caso, apretemos los botones correctos.
Pensamientos sobre el fenónemo
de la globalización
La experiencia de América
Latina, la visión intuitiva de Greenspan y las
investigaciones de Kydland y Prescott apuntan a la misma
conclusión: el viejo instrumental analítico
ya no funciona con la precisión necesaria en
un mundo globalizado. Precisamos un nuevo instrumental,
una total reingeniería, por así decirlo,
de ecuaciones y cálculos capaces de guiarnos
en las decisiones de política monetaria en un
mundo globalizado.
Es que las fuerzas de la globalización
pueden producir cambios importantes en la productividad,
reverberando por todas las economías del mundo
con los mismos efectos prácticos que tuvieron
en su momento las mejoras en la productividad en los
Estados Unidos en los 90. Aumentos de la productividad
en otros países pueden reducir el costo tanto
de bienes de consumo como de bienes importados en el
mercado doméstico y contribuir de ese modo a
mantener la tasa de inflación en porcentajes
reducidos.
No veo cómo sistemas de
tipo de cambio flexible pueden romper la conexión
entre cambios de la productividad en el exterior y el
costo de vida en el mercado local, aunque ésta
es la enseñanza que hemos heredado del viejo
paradigma. Es cierto que si los precios nominales en
el mercado doméstico están sujetos a alguna
rigidez, la economía en principio va a reaccionar
a acontecimientos externos en forma distinta bajo un
régimen de tipo de cambio flexible que bajo un
régimen de tipo de cambio fijo. Pero el mero
reconocimiento de una “reacción”
sugiere que los hacedores de política deben saber
reconocer la naturaleza de los impactos y reaccionar
en consecuencia. Mejoras en la productividad en China,
por ejemplo, podrían resultar en una reacción
distinta por parte de la autoridad monetaria, dependiendo
de si los productos chinos representan un uno por ciento,
un diez por ciento, o un cincuenta por ciento de la
canasta del consumidor.
En este punto, el debate pasa
a ser cuantitativo: lo que los banqueros centrales deben
hacer para mantener la estabilidad de precios depende
de los parámetros que determinan el grado en
que bienes producidos domésticamente pueden ser
sustituídos por bienes importados, o de la participación
de los así llamados bienes no comerciables internacionalmente
en la canasta básica del consumidor. Tal vez
quienes cuestionan la importancia de la globalización
en la formulación de la política monetaria
de los Estados Unidos están sugiriendo que a
esos efectos los valores corrientes de dichos “parámetros
de globalización”, por llamarlos de algún
modo, son insignificantes. Según este punto de
vista, a los efectos prácticos la política
monetaria de los Estados Unidos debería fijarse
como si el resto del mundo no existiera.
Todos sabemos, por ejemplo, que
los bienes no comerciables internacionalmente representan
una fracción sustancial del índice de
precios al consumidor. Tómese por ejemplo el
caso de los gastos de vivienda, que representan entre
un cuarto y dos quintos del presupuesto de una familia
típica. Debido a que las viviendas y los terrenos
en las que éstas se encuentran son bienes no
comerciables internacionalmente, un cambio en el precio
de la vivienda en China no tiene ningún impacto
en el índice de precios al consumidor en los
Estados Unidos.
Para ser franco, no encuentro
este argumento completamente convincente. En mi leal
saber y entender, la categoría de bienes comerciables
internacionalmente no se limita a los que pueden empacarse
y despacharse al exterior en un contenedor, o incluso
enviarse por internet, como ocurre en el caso de programas
de computadora. Me atrevería a extender la definición
de bien comerciable internacionalmente a todos aquellos
bienes cuyos precios están sujetos a un proceso
de arbitraje internacional. No creo que sea muy rebuscado
afirmar que si los costos de la vivienda en Madrid aumentan
exageradamente, los madrileños se mudarán
a otras ciudades, como Roma o París. O tal vez
inclusive a la magnífica Reina del Plata que
hoy me abruma con su legendaria hospitalidad. Por supuesto,
que esta definición provocativa nos fuerza a
debatir sobre el valor preciso de parámetros
claramente identificables en un modelo económico
de globalización, tal como la “desirabilidad
de Madrid” en relación a Roma, a distintos
precios diferenciales de la vivienda. (En mi caso, Buenos
Aires es mucho más deseable que la siempre nublada
Londres). Pero esa discusión eminentemente cuantitativa
no le quita validez al argumento: es difícil
pensar en bienes que pueden clasificarse estrictamente
como no comerciables internacionalmente bajo el osado
criterio de arbitraje internacional que acabo de proponer.
Tal vez he sido demasiado temerario
al desafiar la definición tradicional de bienes
no comerciables internacionalmente. Por lo tanto, voy
a sugerir que mejoras que tienen lugar fuera de nuestras
fronteras en la eficiencia con que se producen aún
bienes convencionalmente no comerciables pueden tener
un impacto importante en la política monetaria
doméstica. Permítaseme aventurar un posible
canal de transmisión. La prestigiosa revista
The Economist nos informa en su número del 25
de febrero de este año que el investigador Emek
Basker, de la Universidad de Missouri, estima que el
precio de un amplio rango de productos—pasta de
dientes, shampoo, aspirinas, detergentes para lavarropas—declinan
entre un siete y un trece por ciento en los cinco años
posteriores al desembarco de Wal-Mart en una ciudad.
En tren de imaginar, imaginemos una Wal-Martización
de China, que tendría el efecto de incrementar
la provisión en China de servicios de comercio
minorista habitualmente clasificados como no comerciables
internacionalmente. No hay razones para pensar que la
presencia de Wal-Mart en Shangai, Pekín y otras
grandes ciudades chinas no tendría el mismo efecto
que en las ciudades de Estados Unidos: reducir significativamente
los precios de mostrador para los consumidores de ese
país. El consiguiente aumento en el salario real
de los trabajadores chinos incrementaría su demanda
por productos procedentes de otros países, incluídos
éste y el mío. Dicho aumento en la demanda
podría requerir una reacción de las autoridades
monetarias de aquí y de allá, dependiendo
nuevamente de los valores aún desconocidos de
lo que he bautizado genéricamente “parámetros
de globalización”.
¿Qué tan
importante es el “efecto Wal-Mart”? Tal
vez grande, tal vez pequeño. No lo sabemos y
justamente ése es el problema. Siguiendo el sabio
precepto de denunciar el pecado pero no el pecador,
permítanme recordarles que en los 90, economistas
académicos muy respetados publicaron trabajos
en las mejores revistas especializadas de la profesión
argumentando que sus análisis no revelaban ninguna
de las ganancias de productividad que Greenspan y los
diarios parecían dar por ciertas. Ahora, esos
mismos académicos están sumamente ocupados
escribiendo trabajos en los que nos cuentan que bueno...
en fin..., sus últimos análisis confirman
que tales ganancias de productividad después
de todo sí existieron.
Aprendí de Greenspan que
es importante seguir los propios instintos, guiados
en mi caso por mi propia experiencia y casi diario contacto
con hombre de negocios y operadores financieros (y asistido
por el nivel de conocimiento con que me rodean mis equilibrados
y sensatos colegas de la Reserva Federal). Tal vez esta
situación sea la que imponen “los gajes
del oficio”, como dicen ustedes tan gráficamente.
Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de reportar
la posición del enemigo tal como la percibe desde
el puesto de lucha que le ha sido asignado. Los investigadores
y académicos tienen la obligación de comunicarnos
su escepticismo si no comparten mi opinión de
que el fenómeno de la globalización no
es lo suficientemente importante como para afectar el
modo tradicional de formular políticas monetarias.
Desde mi posición como banquero central, provisto
de la información que adquirí antes de
asumir este cargo, me veo en la obligación de
comunicarles exactamente lo opuesto. Mis contactos en
el mundo de los negocios hablan y actúan como
si la globalización que como dije está
en curso fuera a traer otra década de intensísima
competencia. Este caldo de cultivo permitirá—o
incluso forzará—a las empresas a mantener,
espero que por muchos años más, sus mejoras
en la productividad en el mismo rango que presenciamos
a mitad de los 90. Si el crecimiento de la productividad
del trabajo puede mantenerse en los niveles actuales
del tres por ciento anual, la política monetaria
puede acompañar ese crecimiento sin temor a desatar
presiones inflacionarias.
Entiendo perfectamente los formidables
desafíos teóricos y cuantitativos que
implica establecer una clara conexión entre globalización,
productividad e inflación. Podría tomarnos
muchos tiempo establecer tales conexiones con alguna
confianza, aunque confío que menos que los trescientos
años que llevó probar el último
teorema del famoso matemático Fermat. Espero
que dentro de un tiempo razonable, los brillantes economistas
de la Reserva Federal de Dallas y otros economistas
en la profesión—hombres y mujeres que son
verdaderos economistas y no simplemente un Masters en
Administración de Empresas como yo—nos
permitirán entender cómo la globalización
impacta la formulación de políticas económicas.
Como para ir cerrando estas reflexiones,
permítaseme recordarles que independientemente
del punto de vista de cada uno de ustedes sobre el fenómeno
de la globalización, la misión sagrada
de todo banco central es mantener una baja tasa de inflación.
Al contribuir a la difusión de mejoras en la
productividad y fomentar cambios económicos de
magnitud planetaria, la globalización ha actuado
hasta aquí como viento de cola para los esfuerzos
de la Reserva Federal—y de otro bancos centrales—en
mantener la inflación en tasas históricamente
bajas.
Estoy convencido de que a pesar
del fuerte crecimiento económico la Reserva Federal
ha sido capaz de moderar la tasa de inflación
más de lo que hubiese podido en ausencia de las
fuerzas de la globalización, porque el impacto
secular del gran aumento de la capacidad instalada y
de la utilización de factores en China, India,
y otras economías que se están incorporando
al mercado global, transmitidas a través de la
globalización, han compensado los aumentos en
los precios de los productos primarios (“commodities”)
y de otros bienes codiciados por una creciente demanda
doméstica.
¿Seguirán
soplando esos vientos de cola?
Librados a su propia suerte,
creo que sí y por bastante tiempo. Pero no podemos
ignorar las derivaciones políticas asociadas
al esfuerzo globalizador. Siempre he protestado y continuaré
protestando enérgicamente sobre los peligros
del proteccionismo en los Estados Unidos. El proteccionismo
no es más ni menos que un impuesto a los consumidores
y a las firmas que utilizan insumos importados. Todo
impulso proteccionista, por más beneficioso que
sea para una particular jurisdicción política
o industria, disminuye el impacto favorable de la globalización
sobre la inflación. El proteccionismo puede llevar
a tasas de interés mayores que las que de otro
modo se requerirían para mantener baja la inflación.
Habiendo manifestado mi antipatía
por el proteccionismo y por cualquier otra interferencia,
por razones de conveniencia política, con los
efectos positivos de la globalización en el sistema
de precios, debería mencionar a esta distinguida
audiencia que el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo
de los Estados Unidos han respetado la independencia
de la Reserva Federal. Todos nosotros, en el lado de
banquero central de la ecuación y en el lado
político, tenemos viva la memoria de los peligros
de apartar la atención de la política
monetaria de su tarea de garantizar un crecimiento sostenible
en el empleo y la producción sin inflación
creciente. Es algo que ningún pueblo debería
hacer, ni siquiera en las condiciones políticas
más extremas. Como buen tejano, tengo muy presente
la triste historia de William McChesney Martin, presidente
del Sistema de la Reserva Federal entre 1951 y 1970.
El presidente Lyndon B. Johnson lo invitó una
vez a su rancho para lo que resultó ser un encuentro
mano a mano entre los dos. El presidente Johnson quería
una política monetaria más relajada, y
Martin, un fuerte defensor de la independencia del banco
central, intentó explicarle las consecuencias
de tal curso de acción. Johnson se mostró
totalmente indiferente y avanzó sobre Martin,
casi como empujándolo alrededor de la habitación
y gritando: “¡Los chicos mueren en Vietnam
y a Bill Martin le importa un bledo!”. Años
después Martin, que había sido hasta entonces
un banquero central ejemplar, confesaría su pesar
por haber finalmente relajado la política monetaria
en contra de sus propias convicciones, simplemente para
complacer al presidente. “Para mi vergüenza
eterna”, dijo, “finalmente aflojé”.
Los presidentes Clinton y Bush
han permitido a la Reserva Federal operar con un gran
nivel de independencia. Considerando el panorama en
su conjunto, el Congreso de los Estados Unidos también
se ha abstenido sabiamente de interferir. Dudo que sin
independencia de presiones políticas la Reserva
Federal hubiera podido fijar exitosamente las tasas
de interés en los niveles requeridos para acompañar
y mantener el robusto crecimiento económico que
la economía de los Estados Unidos viene observando
desde hace un tiempo. Así como también
dudo de que sin independencia de los paradigmas equivocados
propuestos por bien intencionados expertos, la política
monetaria de los Estados Unidos hubiera sido capaz de
encauzar tan acertadamente y al mismo tiempo, de lubricar,
las fuerzas de la globalización que están
impulsando la prosperidad de los pueblos.
Muchas gracias por haber venido
a escucharme esta noche.
| Sobre
el autor
Richard W. Fisher
es el presidente y CEO del Banco de la reserva
federal de Dallas. |
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