Speeches by Richard W. Fisher
La Jolla, California | 5 abril 2006

Una perspectiva sobre México
Comentarios para la conferencia Jose Cuervo Tequila
Instituto de las Americas

 

Estimados amigos, gracias por la oportunidad de hablarles sobre la economía del país donde pasé mi juventud—un país que ocupa un lugar especial en mi corazón. Cuando mis padres llegaron de Sudáfrica en 1939, las autoridades de los Estados Unidos no los dejaron entrar. Entonces, ellos se fueron a México. Vivieron ocho años en Tijuana, cruzando la frontera varias veces a pie, hasta que se hicieron ciudadanos de los Estados Unidos en 1947. Es por eso que con mucho orgullo nos hacemos llamar “gringos mojados.”

Yo nací en Los Angeles en 1949. Después de mi nacimiento, fuimos a vivir a la ciudad de México. Tuve el privilegio de cursar la escuela primaria en el Distrito Federal. Fueron años preciosos e inolvidables.

Porfirio Díaz mencionó alguna vez: “Pobre México: Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos.”

No creo que esta afirmación sea cierta. Desde luego, México comparte la franja fronteriza con los Estados Unidos (por la misma razón, también Texas y California) y esto constituye algo positivo para todos nosotros. Aunque en lo que respecta a estar lejos de Dios, tengo mis dudas. Permítanme compartirles una anécdota que me contó mi padre cuando regresamos a los Estados Unidos. Me habían retrasado un año en la escuela, debido a que mi inglés no estaba al nivel adecuado.

La anécdota de mi padre imaginaba una reunión de grandes líderes de diversas denominaciones religiosas. Entre éstos se incluía a predicadores evangélicos, arzobispos de la Iglesia Católica, los rabinos más respetables y los pocos imames que se podían encontrar en aquellos tiempos. Nunca antes había habido una asamblea de líderes espirituales de esa magnitud.

En medio de donde se encontraban congregados, deambulaba una pequeña niña que inocentemente les hizo una pregunta de gran significado teológico a los religiosos: “A los ojos del Señor, ¿quién es especial? ¿Lo serán los niños? ¿Lo serán los israelitas? ¿El pueblo que deambula por los grandes desiertos? ¿Los pobres y los oprimidos? ¿Quién verdaderamente lo es?”

“Bien, pequeña,” respondieron los clérigos, “tú sabes que el Señor no tiene favoritos. Él los ama a todos. Pero no des por hecho lo que te decimos. Le preguntaremos a Él. Ven; oremos y pidámosle al Señor que nos envíe una señal sobre a quién ve con agrado”.

Se arrodillaron. Inclinaron sus cabezas. Y los grandes hombres le pidieron con reverencia al Señor que enviara una señal a la niña: “Sólo una señal, amado Señor; una simple expresión que nos indique a cuál de entre los pueblos del mundo ves tú con especial consideración”.

De primer momento, no hubo respuesta.

Y luego, un estruendo iluminó el cielo. El sol brilló radiante. Y retumbó una voz que provenía de las alturas y dijo en español: “Bu-e-nos días….”

Esta noche, voy a compartir con ustedes una apreciación breve y directa sobre el desarrollo y los retos económicos de México, desde mi punto de vista. Mi perspectiva está formada en parte por los cuatro años que pasé negociando con México la liberalización del comercio y los mercados. Los puntos de vista que voy a expresar son justamente eso: mi expresión personal, respaldada por la investigación de nuestros competentes economistas del undécimo Distrito de la Reserva Federal. Estos puntos de vista no representan los de cualquier otro miembro del Comité Federal del Mercado Abierto ni del Sistema de la Reserva Federal.

Deseo abarcar la política monetaria: no hay por qué sorprenderse. Posteriormente, me centraré en la situación financiera de México a medida que nos aproximamos al final del actual sexenio y a las elecciones que se realizarán este verano. Luego me trasladaré un tanto atrás en el tiempo para abordar una perspectiva de más largo plazo y discutiré algunos de los retos que enfrenta la prosperidad económica de México. Si toco algún tema demasiado rápido o dejo algún punto sin cubrir, los podríamos retomar en el período de preguntas y respuestas.

Comienzo con la política monetaria, porque creo firmemente que la economía no puede alcanzar un crecimiento sostenible sin una disciplina monetaria. Además, considero que la disciplina monetaria no se puede sostener sin un banco central independiente. Vivimos en un mundo globalizado. Tanto el capital, como la mano de obra y las ideas tienen más libertad que nunca para emigrar a lugares donde son mejor remunerados. Un país que sistemáticamente erosiona la remuneración a esos factores no puede esperar retenerlos y explotarlos para ponerlos a trabajar en nombre de su gente.

El presidente Zedillo y sus sucesores en la administración Fox comprendieron muy bien la necesidad de fortalecer la competitividad de México. El resguardo de la solidez económica de México también se puso de manifiesto en el extraordinario liderazgo mostrado por Guillermo Ortíz del Banco de México y Francisco Gil Díaz de la Secretaría de Hacienda. Juntos han sido el Batman y el Robin de México: una de las mejores combinaciones de gobernador del banco central y ministro de finanzas que se ha visto en el continente americano desde la actuación coordinada entre Alan Greenspan y Bob Rubin.

Un ingrediente fundamental en el éxito de la política monetaria de México lo ha constituido el establecimiento de un Banco central totalmente independiente que ha hecho el control de la inflación su objetivo principal. La independencia del banco central está protegida por el Artículo 28 de la constitución que, luego de habérsele practicado una enmienda en 1994, se lee así:

El Estado tendrá un banco central que será autónomo en el ejercicio de sus funciones y en su administración. Su objetivo prioritario será procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda nacional, fortaleciendo con ello la rectoría del desarrollo nacional que corresponde al Estado. Ninguna autoridad podrá ordenar al banco a conceder financiamiento.

Estas palabras son mágicas. Con un objetivo claramente estipulado y al contar con protección constitucional, el Banco de México, bajo la dirección del Gobernador Ortíz, se ha convertido en un sabio y sensato practicante de políticas de inflación-objetivo. Como resultado de ello, México hace alarde actualmente de tener su nivel de inflación más bajo en 30 años, con precios al consumidor que aumentan aproximadamente 3 por ciento por año.

Éste es un logro considerable. La inflación es un impuesto oneroso y constituye un desincentivo para el trabajo, el ahorro y la inversión. En una economía agobiada por precios que suben, un dólar trabajado acaba siendo 25 centavos ganados, un hecho que no cambia si lo trasladamos a pesos. Algunos pesimistas se preocupan por la posibilidad de que la nueva administración mexicana decida interferir con la independencia del banco central. Resultaría muy difícil hacerlo. La modificación del Artículo 28 para eliminar la independencia del Banco de México obligaría a pasar por el proceso de enmienda definido en el Artículo 135. Esto demandaría (1) el acuerdo de dos tercios del congreso y (2) la aprobación de la mayoría de los legisladores estatales. Al considerar la actual pluralidad de la clase política de México, lo anterior tiene poca probabilidad de concretarse.

Con una sólida administración que fortalece la garantía constitucional de la independencia del banco central, los mercados han mostrado una confianza sin precedente en México. En este punto es donde Hacienda sale a relucir. La Secretaría de Hacienda y Crédito Público ha acumulado suficientes reservas internacionales para cubrir todas sus obligaciones en el exterior en los próximos dos años, lo que ofrece un sólido seguro contra la salida desenfrenada de capital como la que experimentó México hace más de una década durante la Crisis del Tequila.

Esta estrategia de blindaje constituye sólo una pequeña parte de los valiosos esfuerzos que por diez años realizó el gobierno federal de México, bajo dos administraciones, con el objetivo de reducir su vulnerabilidad financiera. La situación problemática que enfrentó México en 1995 se debió a que su endeudamiento (a) era considerablemente grande, (b) se encontraba, mayormente, en manos extranjeras, (c) era, en su mayoría, de corto plazo y (d) era, mayormente, en dólares. México ha podido hacer frente a las cuatro fuentes de vulnerabilidad en gran parte como consecuencia del ordenamiento realizado en sus cuentas fiscales y monetarias.

En la actualidad, el gobierno mexicano puede recurrir al mercado interno para financiar sus gastos. Tres quintas partes de la deuda neta del sector público está en manos de entidades mexicanas, cuando sólo un tercio de la deuda pública se encontraba en manos de entidades nacionales en 1995. México también está en la posición de emitir bonos con vencimiento a largo plazo. El país comenzó a emitir bonos a un plazo de veinte años en 2003. En 1995, el plazo más largo de los bonos emitidos por México era de un año. No me sorprendería en lo absoluto si México siguiera el ejemplo establecido por Rusia en febrero y emitiera en un futuro cercano un bono a treinta años en pesos.

La confianza en los mercados financieros de México se ha visto apuntalada por la estabilidad y la fortaleza del peso. La Crisis del Tequila entre 1994 y 1995 comenzó con una drástica devaluación de la moneda. México simplemente no pudo seguir defendiendo un valor fijo del peso.

Eso es historia hoy en día. El peso ha flotado por más de una década: otro factor que disminuye los temores de los mercados en relación con la posibilidad de una crisis financiera este año.

¿Qué indican los mercados en la actualidad? Los inversionistas extranjeros no parecen preocupados de que la próxima elección presidencial se convierta en un terreno de cultivo para una crisis de fin de sexenio. La prima de riesgo-país correspondiente a México (el interés adicional que debe pagar sobre su deuda en relación con instrumentos comparables de los Estados Unidos) está cerca de los niveles mas bajos de su historia.

Desde luego, los mercados pueden ser racionales, pero en ciertos momentos pueden parecer caprichosos. Cuando las tasas de interés son bajas, muchos inversionistas pueden buscar aumentar la tasa de retorno a sus inversiones trepando por la curva de rendimiento. Pero cuando esa curva es horizontal, es decir, cuando la recompensa por invertir a plazos más largos es escasa, la alternativa podría ser tomar posiciones más riesgosas u otorgar préstamos a clientes con una menor calificación crediticia. Si los inversionistas subvaloran la cantidad de riesgo que están asumiendo, la decepción posterior puede resultar perjudicial ya que cambios súbitos en los precios de activos pueden generar pérdidas que fuerzan a los inversionistas a liquidar sus posiciones.

Últimamente, hemos visto una predecible reacción de los mercados a las políticas monetarias más estrictas adoptadas por la Reserva Federal y el Banco Central Europeo. El Banco de Japón también ha dado un paso significativo en esa dirección al anunciar el fin de la política monetaria relajada que siguió hasta hace poco. Como resultado, los inversores no tienen que trepar tanto la curva de rendimiento en busca de una mayor tasa de retorno. El arbitraje financiero resultante ha hecho subir levemente la prima de riesgo de los bonos de los mercados emergentes, si bien es cierto que desde niveles inusualmente bajos. También se han depreciado notablemente en el último mes las monedas de países que ofrecían instrumentos de altos rendimientos, tales como la corona islandesa, el zloty polaco, el florín húngaro, la lira turca y los dólares australianos y neozelandeses.

Mi experiencia personal como administrador de fondos me dejó al menos dos enseñanzas: la primera, respetar los mercados de bonos. Posiblemente recuerden lo que dice James Carville acerca de que antes de que fuera a Washington con el presidente Clinton, él pensaba que la fuerza más poderosa del mundo era la presidencia o quizá el papado, pero rápidamente se dio cuenta de que en realidad era el mercado de bonos.

Andrew Mellon probablemente haya estado en lo correcto cuando dijo: “Gentlemen prefer bonds”. Pero un caballero desilusionado puede no perdonar fácilmente al causante de su desilusión.

La segunda lección que aprendí como administrador de fondos es que todos los mercados financieros, inclusive los dirigidos a ingresos fijos y moneda extranjera, pueden ser maníaco-depresivos en alguna medida. Los mercados pueden volverse volátiles y son capaces de exceder ambos extremos: el alto y el bajo. Ésta constituye una razón por la cual respaldo la tendencia reciente hacia una mayor transparencia en el banco central, lo que reduce los elementos de sorpresa que pueden desestabilizar los mercados. Si continúa la tendencia actual a la suba de los rendimientos de activos financieros relativamente libres de riesgo, existe la posibilidad de que los mercados de deuda de países emergentes se vuelvan volátiles. Si así fuera, la más mínima perturbación podría inducir una volatilidad pronunciada en el corto plazo. Los gobiernos de esos países deben extremar precauciones en esas circunstancias y evitar políticas que puedan exacerbar la volatilidad.

En contraste, podríamos ahora analizar la elección presidencial a celebrarse en julio. La pirámide presidencial famosamente descrita por Octavio Paz se ha invertido. Bajo el antiguo sistema del dominio del PRI, el presidente poseía poderes casi dictatoriales e incuestionables. Ahora ya no es así y desde el punto de vista de los mercados financieros, yo concluiría que éstas son buenas noticias. La independencia del banco central, una mayor libertad de la prensa, una Corte Suprema cada vez más establecida y un congreso pluralista significan que cualquiera que asuma el cargo después de las elecciones tendrá un poder limitado para imponer cambios unilaterales.

La perspectiva consensuada en los mercados financieros es que aparte de la retórica, ninguno de los tres candidatos presidenciales tiene probabilidad de cuestionar el compromiso de México hacia la disciplina macroeconómica, una vez asumido el cargo. Tanto el PRI como el PRD se han quejado de que la política monetaria es “demasiado estricta”, pero ambas partes parecen comprender la importancia de la disciplina monetaria en mantener la inflación bajo control. Cualquiera de los tres candidatos, una vez en el puesto, debe valorar la estabilidad financiera que la administración anterior logró en base a arduos esfuerzos y procurar seguir construyendo sobre ella. Esto es reconfortante.

La estabilidad es fundamental para la continua reforma estructural en México. Un análisis de la capacidad del país de competir en la economía mundial es suficiente para comprender el trabajo que queda por hacer en materia de competitividad. En sus clasificaciones más recientes de competitividad, el Instituto Internacional para el Desarrollo Administrativo (International Institute for Management Development) con sede en Génova colocó a México cerca del último puesto: el 56 de 60 en la lista, al haber superado únicamente a Venezuela, Indonesia, Argentina y Polonia. El bajo crecimiento que experimentó México en la productividad de la mano de obra únicamente alrededor del 1.2 por ciento al año en la década pasada refleja los síntomas del problema.

En un mundo cada vez más globalizado, la competitividad se vuelve más importante. También se está volviendo más compleja. Atrás quedaron los días en que una simple ventaja, digamos en costos de mano de obra o situación geográfica, era suficiente para atraer capital extranjero. Los inversionistas de un mundo interconectado buscan países que ofrezcan ventajas en costos, pero también buscan altos niveles de educación y capital humano, instituciones sólidas y confiables, así como otros requisitos para un crecimiento sostenido a largo plazo.

Del lado humano de la ecuación, México ha logrado un gran avance en las últimas décadas al incrementar la cantidad de alumnos inscriptos en la escuela, así como al mejorar las instalaciones. No obstante, prevalecen muchos problemas en relación tanto con la disponibilidad como con la calidad de la educación pública. Más de la mitad de las mexicanas adultas no poseen educación secundaria en lo absoluto y únicamente el 11.3 por ciento cuentan con alguna instrucción técnica o universitaria. Los adultos mexicanos en promedio han asistido a la escuela sólo 6.7 años, casi la mitad del nivel en los Estados Unidos

Al reconocer esta realidad, el gobierno mexicano ha incrementado el gasto en educación en los años recientes, con el objetivo de mejorar las escuelas del país. El gasto por estudiante de escuela primaria y de escuela secundaria aumentó 21 por ciento en términos reales entre 1995 y 2002. Aún así, permanece por abajo de acuerdo a los patrones internacionales. Al medirse en dólares ajustados por paridad en poder adquisitivo, México gastó $1,467 por estudiante de escuela primaria en el 2002, comparado con el promedio de $5,313 de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (Organization for Economic Cooperation and Development, OECD) y con el promedio de $8,049 en los Estados Unidos Además, las calificaciones de los estudiantes mexicanos en matemáticas y lectura se ubicaron en los últimos puestos entre los países de la OECD y rezagados aún cuando se les comparó con naciones con gastos similares en educación, tal como la República Eslovaca.

Desde luego, existen límites presupuestarios a lo que el gobierno de México (o cualquier otro gobierno) pueden destinar al gasto en educación. Con respecto a nuestros propios problemas con la educación en los Estados Unidos, sabemos que más dólares o pesos destinados al gasto en el sistema educativo posiblemente no produzcan resultados, a menos que vayan acompañados de reformas innovadoras. En el caso de México, los expertos creen que tales reformas deberían incluir una efectiva administración escolar, una mejor supervisión y mejores incentivos, así como la modernización de los planes de estudio y las técnicas de enseñanza.

Las administraciones de Zedillo y Fox reconocieron que una mejor educación es vital para las mejoras de capital humano necesarias para aumentar la productividad y competitividad de la mano de obra. Pero México apenas acaba de comenzar con la tarea. Yo esperaría que el próximo gobierno continúe los esfuerzos para mejorar el sistema educativo.

Desde el punto de vista de la competitividad, por supuesto, el gasto en educación sólo genera resultados si la economía hace uso eficiente de trabajadores instruídos. Una gran parte de la ineficiencia se puede encontrar en el sector informal en expansión, que emplea aproximadamente a la mitad de los 44 millones de trabajadores de México. Un mercado laboral dual tiene sus ventajas. El sector informal crea puestos para trabajadores poco especializados, muchos de los cuales son rechazados en el mercado formal. También ofrece buenas oportunidades a la mayoría de empresarios de México: personas independientes y a menudo muy productivas que optan por no navegar en el laberinto de impuestos y reglamentos que regulan el mercado formal.

No obstante, la informalidad también tiene implicaciones negativas. La pequeña base fiscal aumenta las tasas de impuesto a empresas respetuosas de la ley y esto resulta tanto distorsionante como injusto. Asimismo, la informalidad limita el tamaño de las empresas y deteriora las economías de escala. Para las compañías es difícil crecer, no sólo porque tienen poco acceso a los mercados financieros, sino también porque los inspectores fiscales eventualmente se ponen al día con las empresas más grandes. Al final, lo pequeño es seguro, pero ineficiente.

Las empresas del sector formal compiten con otras barreras. La ley y las regulaciones en México restringen con frecuencia la forma en que los empresarios pueden organizar la producción. Por ejemplo, los reglamentos laborales estipulan que generalmente a los trabajadores se les debe pagar por día o semana; no por hora. Después de tres meses de haber sido contratado, un trabajador típicamente es considerado “permanente”. Despedir a los empleados es muy oneroso; de acuerdo con el Banco Mundial, los costos de despido en México equivalen a aproximadamente 75 semanas de sueldo. Cuando se trata de realizar comparaciones internacionales de rigidez del mercado laboral, la única región del mundo que tiene una calificación peor que la de México es la región africana de la zona baja del Sahara. Mientras que el empleo en el sector formal está rigurosamente controlado, los trabajadores del sector informal no cuentan con ninguna clase de protección. En consecuencia, la reforma del mercado laboral debería constituir una alta prioridad para la próxima administración. Cualesquiera que sean los cambios que se adopten eventualmente, el objetivo final debería ser emparejar el terreno de juego al hacer más accesible y menos oneroso al sector formal.

Desde luego, ningún tipo de reforma del mercado laboral va a impedir que los mexicanos busquen una mejor vida de este lado de la frontera. Demógrafos en los Estados Unidos calculan que 400,000 mexicanos emigran a este país cada año, legalmente y de otras formas. La mayoría de ellos buscan trabajo. Los 9 millones de trabajadores mexicanos en los Estados Unidos equivalen al 15 por ciento de la fuerza laboral de México.

En las dos décadas anteriores, la economía de los Estados Unidos ha venido dependiendo cada vez más de los inmigrantes de México y de otras partes del mundo para el crecimiento de su fuerza laboral. En la década de los sesenta, las generaciones nacidas en las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial (conocidas como “baby boomers”) contribuyeron enormemente a expandir la oferta de mano de obra. En los setenta y a principios de los ochenta, el factor que más contribuyó fue el rápido ingreso de las mujeres en la fuerza laboral. Desde mediados de la década de los ochenta, el factor decisivo lo vienen constituyendo los inmigrantes. En los años recientes, los trabajadores nacidos en el extranjero han sido los responsables de más de la mitad del crecimiento de la fuerza laboral de los Estados Unidos, y han representado un propulsor importante para nuestro crecimiento económico. El tema de la inmigración enciende pasiones en ambos lados de la frontera. Por nuestra parte, debemos ser cuidadosos de que la consideración legítima por la seguridad nacional no interfiera con los beneficios económicos de la inmigración.

Desde luego, por la frontera cruzan bienes y servicios, como también personas. Ustedes conocen las cifras. Desde que entró en vigencia el TLCAN, el comercio de los Estados Unidos con México aumentó un 250 por ciento. Aún así, ni México ni Estados Unidos han hecho lo suficiente para manejar el creciente tráfico. El comercio terrestre todavía es mucho más ineficiente y costoso con México que con Canadá. La situación se ha vuelto cada vez más compleja a raíz de la tragedia del 11 de septiembre ya que incrementó las medidas de seguridad nacional puestas en marcha en nuestras fronteras.

Para México y los estados de los Estados Unidos ubicados en la frontera, los intereses en juegos son importantes. La proximidad geográfica con los Estados Unidos y la facilidad de transporte constituyen aspectos clave de la ventaja comparativa de México en relación con las naciones de Asia y Europa oriental. Una pérdida de competitividad de México es una pérdida para toda la economía fronteriza, cuyo crecimiento está ligado a la expansión en el lado mexicano que tiene más población. Debemos prestarle mayor atención a los cambios en infraestructura, reglamentación y otras áreas que son necesarios para maximizar el beneficio económico mutuo derivado del comercio.

A pesar de los logros impresionantes en el comercio entre los Estados Unidos y México, aún persisten antiguas barreras y han surgido nuevos obstáculos. Los transportistas y los visitantes pagan un gran costo en tiempo y dinero por los embotellamientos que se producen en la frontera. Entre los ejemplos se incluye el restringido desplazamiento de vehículos comerciales, las prácticas de los intermediarios aduaneros mexicanos, una dotación inadecuada de personal en las dependencias e instalaciones de inspección, así como tediosos trámites e inspecciones en las aduanas de los Estados Unidos. Los costos de estas transacciones reducen el volumen del comercio y del tráfico, así como incrementan los precios para los bienes que se comercializan. Por ejemplo, cerca del 47 por ciento de camiones cruzan vacíos la frontera, y aún así tienen que pasar la inspección, haciendo más costoso el trámite de cruzar la frontera. El Departamento de Transporte de los Estados Unidos calcula que la carga dirigida al interior de la República Mexicana pasa de tres a cinco días en una bodega fronteriza, antes de que se libere para continuar su viaje hacia el sur. Tanto los productores como los consumidores son afectados por los altos costos de transacción y la relación comercial entre los Estados Unidos y México se ve perjudicada. Las soluciones para los embotellamientos en el transporte que cruza la frontera requieren de cambios en las prácticas gubernamentales y comerciales de ambos lados.

Antes de terminar, quisiera tocar el tema de la necesidad de reforma en otras dos áreas: el sector judicial y el sector energético. No siempre funciona el sistema de tribunales mexicano y en consecuencia no genera un clima favorable para los préstamos y la inversión. Lo más crítico que pone en riesgo el crecimiento económico es que los derechos de propiedad frecuentemente no se hacen cumplir de manera efectiva en México. De acuerdo con el Banco Mundial, el tiempo promedio para la resolución de disputas comerciales, el período que transcurre desde la presentación de una demanda hasta el pago, es de 421 días en México, en comparación con 226 días en los otros países de la OECD.

Esta situación trae una serie de consecuencias. En primer lugar y como punto más importante, los bancos y otras instituciones financieras son renuentes a otorgar préstamos en un ambiente de negocios donde es difícil hacer cumplir los contratos. A pesar de que el crédito se ha expandido más rápido en los dos últimos años, particularmente en el segmento de consumidores y el residencial, México continúa teniendo uno de los sectores financieros más pequeños del mundo. La relación de préstamos privados con el PIB es 10 veces menor en México que en los Estados Unidos. Además, si se toman en cuenta los mercados financieros, la intermediación financiera en los Estados Unidos es 15 veces mayor que en México.

Los obstáculos al acceso al capital limitan la capacidad que tiene México de crecer. La falta de ejecución de la ley también induce a que los recursos se trasladen hacia el sector informal, que es el responsable de aproximadamente una tercera parte de la producción de la economía en general. Los costos de poner a funcionar un negocio en el sector formal, así como de acatar las leyes laborales y el reglamento tributario, son altos. En la mayoría de países, una empresa recibe una “recompensa” implícita parcial por asumir estas cargas, en la forma de acceso a fuentes formales de financiamiento, tales como préstamos bancarios y créditos para exportaciones. No obstante, el acceso al financiamiento externo en México es difícil para la mayoría de empresas, aún si optan por operar en el sector formal, lo que además disminuye los incentivos a seguir las reglas.

El gobierno mexicano es consciente de este problema y está mejorando la situación. Las reformas referentes a la ley de quiebras y al otorgamiento de préstamos en el 2000 y en el 2003 les facilitaron a los acreedores el cobro de deudas en casos de insolvencia, al crear el primer marco legal efectivo de México para el otorgamiento de garantías. Aún cuando éstas y otras reformas recientes son bienvenidas, sólo abordan parte del problema. El problema principal de México es que las leyes con frecuencia no se cumplen o ejecutan. Un sistema judicial confiable y transparente capaz de hacer cumplir efectivamente la ley tanto mercantil como penal constituye un requisito para el crecimiento sostenido de cualquier país.

Otro elemento clave para el éxito económico es la infraestructura, un área en la que México necesita de mejoras adicionales. Las inversiones necesarias se ven obstaculizadas por la falta de fondos y de proveedores alternativos. En los sectores de energía y electricidad, el sector público controla en gran parte la producción y la distribución. Lógicamente, dados los límites de México para elevar la presión tributaria, la expansión de la capacidad no se ha mantenido al mismo ritmo que la demanda, y los productores y los consumidores deben lidiar con interrupciones frecuentes del servicio eléctrico. Una reforma significativa en el tema energético tendrá que involucrar a Pemex, una institución del sector público que ha sido considerada por largo tiempo no sólo como la gallina de los huevos de oro, sino también políticamente como una vaca sagrada. La competencia también permanece limitada en otras industrias clave. En el sector de telecomunicaciones, Telmex continúa controlando cerca del 95 por ciento de todas las líneas telefónicas de México. En consecuencia, no debería ser una sorpresa que los cargos por servicio telefónico de México estén entre los más altos del mundo.

Amigos míos: el tiempo es corto. Creo que he puesto al descubierto suficientes retos para mantener muy ocupado a México por al menos otro sexenio. Antes de terminar, permítanme recordarles lo lejos que ha llegado el país. Sólo el hecho de que ahora lo comparamos con otros países desarrollados, que ahora nos referimos a México como una de las economías más prometedoras del mundo, constituye un tremendo cambio y refleja un logro increíble. México enfrentará estos retos. La estabilidad macroeconómica, que estuvo fuera del alcance por tanto tiempo, le está permitiendo a México llevar a cabo las reformas necesarias. Las instituciones se encuentran ahora preparadas para la transformación, a fin de sostener y mejorar las condiciones de todos los mexicanos, ¡más cerca de Dios y más cerca de los Estados Unidos!
Muchas gracias.

Sobre el autor

Richard W. Fisher es el presidente y CEO del Banco de la reserva federal de Dallas.

The views expressed by the author do not necessarily reflect official positions of the Federal Reserve System.
 

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