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Los frutos del libre comercio
Casi cualquier supermercado estadounidense
funciona también como bazar de comida internacional.
Al lado de las papas de Idaho y la carne vacuna de Tejas, las
tiendas exhiben melones de México, aceite de oliva de
Italia, café de Colombia, canela de Sri Lanka, vino y
queso de Francia y bananas de Costa Rica.
La tienda de comestibles no es el único
lugar en el que los estadounidenses se permiten un gusto por
los productos extranjeros. Les compramos cámaras y
automóviles a Japón, camisas a Bangladesh, videocaseteras
a Corea del Sur, productos de papel a Canadá y flores
frescas a Ecuador. Les compramos petróleo a Kuwait,
acero a China, programas de computación a India, y
semiconductores a Taiwán. En 2001, las importaciones
estadounidenses de bienes y servicios ascendieron a un total
de USD 1,6 billones.
La mayoría de los estadounidenses
conocen muy bien nuestra predilección por importar,
pero pueden no darse cuenta de que Estados Unidos se clasifica
como el exportador más importante del mundo, vendiendo
USD 1,3 billones por año al resto del mundo. Las empresas
estadounidenses venden computadoras personales, topadoras,
servicios financieros, películas y miles de otros productos
a casi todo el mundo.
El comercio y las inversiones internacionales
son hechos de la vida cotidiana. Durante las tres últimas
décadas, el total de importaciones y exportaciones
estadounidenses aumentó del 11 por ciento del PBI a
cerca del 30 por ciento. Las transacciones financieras internacionales
también aumentaron rápidamente. Las inversiones
nacionales e internacionales incrementaron de menos del 1
por ciento de la producción total a más del
3 por ciento. (Véase la presentación 1).
| Presentación
1 |
| Una nación comerciante |
Durante
las tres últimas décadas, el comercio estadounidense
de bienes y servicios (exportaciones más importaciones)
aumentó del 11 por ciento a apenas el 30 por ciento
de PBI, y los flujos de capital se triplicaron y más.
La incrementada apertura económica ayudó
a crear 50 millones de nuevos puestos de trabajo, y el
ingreso per cápita disponible casi se duplicó.
El libre comercio ayuda a crecer a la economía. |
| El comercio y los flujos de capital
estadounidenses |
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Estados Unidos no está solo.
El resto del mundo ha visto una oleada similar en los negocios
internacionales. Como el comercio y las inversiones internacionales
tocan comunidades desde Orleáns, Francia, a New Orleans,
Louisiana, estos temas se han convertido en pararrayos. Uno
de los grandes debates de principios del siglo XXI se centra
sobre la globalización, un término que resume
la fusión de las economías mundiales en la era
del viaje en jet, de las comunicaciones instantáneas,
de la migración en masa y de las barreras comerciales
decrecientes.
Los
críticos de la globalización atacan a los mercados
abiertos sobre la base de que son una fuerza maligna que destruye
industrias locales, cosecha pobreza y diluye culturas. Los
manifestantes atacan al sistema de comercio abierto que las
naciones Occidentales han forjado desde fines de la Segunda
Guerra Mundial. Sus objetivos favoritos son muchas veces las
multinacionales estadounidenses, tales como McDonald’s.
Aún cuando consumen alimentos,
automóviles y artículos electrónicos
del extranjero, algunos estadounidenses temen que la competencia
extranjera esté destruyendo empleos para los trabajadores
industriales, pescadores y otros. Les preocupa, además,
que la nación esté volviéndose dependiente
de los proveedores extranjeros de petróleo, chips de
computación y otros insumos.
Los ataques contra el libre comercio
no tienen ningún sentido económico. De hecho,
los críticos muchas veces lo entienden al revés.
Se dice que el comercio nos hace más
pobres. Esto no es así. El comercio es el gran generador
de bienestar económico. Enriquece a las naciones porque
permite que las compañías y los trabajadores
se especialicen en hacer lo que mejor hacen. La competencia
los obliga a volverse más productivos. En definitiva,
los consumidores cosechan la variedad de bienes y servicios
más baratos y de mejor calidad.
Se dice que el comercio cuesta puestos
de trabajo y deprime salarios. De nuevo, esto no es así.
Al estimular la actividad económica y reducir costos,
el comercio ayuda a crear puestos de trabajo. Al hacer aumentar
la productividad mantiene a las compañías estadounidenses
enérgicas, y ello conduce al incremento de salarios
y beneficios agregados. Los trabajadores protegidos por barreras
comerciales pueden mantener sus trabajos por un tiempo, pero
los costos de la ineficacia y los precios superiores convierten
estas barreras en un disparate económico. Dondequiera
que erijamos barreras al comercio, negamos las ganancias del
libre cambio y de la competencia. La protección de
la industria se degenera en un juego de suma negativa en el
que los intereses especiales procuran ventajas a costas del
bien común.
Se
dice que las exportaciones son buenas porque apoyan a la industria
estadounidense pero las importaciones son malas porque roban
negocios a los productores internos. En realidad, las importaciones
son los verdaderos frutos del comercio porque el objetivo
último de la actividad económica es el consumo.
Las exportaciones representan recursos que no consumimos en
casa. Se refieren a cómo pagamos lo que compramos afuera,
y nos sentimos mucho mejor cuando pagamos lo menos posible.
El mercantilismo, con su manía por exportar, perdió
apoyo por un buen motivo.
Se dice que el libre comercio no es
leal. Las importaciones baratas pueden herir a los proveedores
estadounidenses quienes tienen mayores costos pero los consumidores
seguramente saldrán ganando. ¿Por qué
sancionarlos con una represalia que sólo aumenta los
precios en Estados Unidos? El hecho de que otros países
cometan transgresiones no es justificativo para que nosotros
también las cometamos. Una nación consumirá
más al abrir sus mercados, aún si otras naciones
no hicieran lo mismo.
Se dice que el comercio nos vuelve dependientes
de los proveedores extranjeros, pero Estados Unidos no tiene
el clima ni los recursos para hacer todo lo que necesita.
Otras naciones pueden producir varios bienes y servicios a
un costo más bajo. El precio de la independencia es
demasiado alto.
Los estadounidenses no pueden permitirse
creer en estas falacias comerciales. Como sociedad, con frecuencia
tenemos que elegir entre proteger las industrias internas
y la apertura de los mercados. En una economía debilitada,
los fabricantes de acero, los criadores de siluro y otros
productores se están alineando para declarar la guerra
contra las importaciones, causando un golpe potencial a las
billeteras de los estadounidenses. Al mismo tiempo, los negociadores
estadounidenses están procurando expandir el sistema
mundial de comercialización con nuevos tratados de
libre comercio.
Precisamos comprender qué
es lo que está en juego. El tener una idea errónea
sobre el comercio aumenta el riesgo de hacer malas elecciones
que socavan nuestra economía y amargan nuestras relaciones
con otras naciones. El hacerlo bien promoverá la prosperidad
y la paz.
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